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Todos se van

Guido Tamayo reseña Todos se van de Wendy Guerra Editorial Bruguera, 2006 285 páginas

2010/03/15

Por Guido Tamayo

El tumultuoso mar del melodrama habría podido inundar y hacer naufragar el difícil equilibrio de esta novela premiada en el primer concurso de novela de la resucitada editorial Bruguera. No obstante, el diario de la protagonista niña y adolescente sale airoso de las presiones lacrimosas y sensibleras del género más comercial de América Latina. Y si lo consigue, es por la sinceridad de un tono, la naturalidad de un lenguaje, que hacen que la conjugación de un padre alcohólico y violento, una madre marginada del sistema, una orfandad ambiental, un entorno más que pobre, miserable y el paulatino pero certero aislamiento de nuestra heroína, sean no sólo verosímiles sino desgarradores.

Nieve, la protagonista, contempla con impotencia y dolor cómo todos se van: sus amigos, sus amores. La soledad en una Cuba bulliciosa y comunitaria ya no suena a contrasentido sino a expiación en forma de diario. Nieve no se deja desvanecer y con una terquedad que va más allá de lo que se palpa en la novela, se mantiene “aislada” en la isla. Al parecer Nieve/Wendy permanecerá en la isla porque todos se van y Cuba no se puede desocupar; porque existen esperanzas políticas en el futuro; pero, primordialmente, por que ella ama a su gente, se siente cubana sin impostados nacionalismos y no se resigna a envejecer en una esquina de Miami bebiendo un mojito que se le convertirá en llanto y mirando a La Habana como quien mira a la Meca.

Pienso que el libro no está dividido en dos partes –el diario de infancia y el de adolescencia–, sino partido en dos maneras de asimilar la adversidad. La niña que crece inmersa en el universo de la disolución familiar, entre el tire y afloje de un padre que la rechaza pero la necesita y una madre que sí la quiere pero debe abandonarla. Una niña que al final desemboca en el horroroso Deposito Infantil. Y la adolescente que conocerá el sexo, el amor y el poder viviendo “entre lo prohibido y lo obligatorio”. Una y otra manteniéndose en pie gracias a la existencia del diario en donde consignan esa crónica del “desencuentro” con la realidad, verdadera tabla de salvación en medio del mar.

Por eso el diario se libra del melodramatismo llorón o panfletario. La escritura en la vida de Nieve no es mero ejercicio literario, grito político o queja de huérfana. Es, de manera esencial, necesidad. Escritura como forma de vida. Su empeño convierte en banalidad la literatura. De lo que precisa Nieve es de una respiración que sólo la escritura día a día le brinda. Es su manera de estar en el mundo. De respirar. A veces se perciben ahogos en su escritura, pero sale a flote demostrando que las aguas que rodean a la isla no están congeladas.

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