La huida de los intelectuales de Paul Berman

¿Tolerancia para los intolerantes?

2013/08/16

Por Mauricio Sáenz

Tariq Ramadan no es muy conocido a este lado del Atlántico, pero en Europa se ha convertido en el rostro amable del islam. Desde sus cátedras, así como desde los medios de comunicación en entrevistas y artículos, el filósofo suizo de padres egipcios predica la necesidad de poner al islam a tono con los tiempos. Dirige su mensaje a los musulmanes que viven en el Viejo Continente, a quienes insta a participar en la vida cultural y social de sus nuevos países. Y también a los propios europeos, a quienes suele encantar con su carisma y sus palabras de convivencia e integración. No en vano le han llamado “el profeta del euro-islam” y “el Martín Lutero islámico”.

Pero según afirma Paul Berman en su polémico La huida de los intelectuales, hay un lobo feroz detrás de esa piel de oveja. El analista neoyorquino dedica este ensayo a desmitificar a Ramadan, a quien acusa de tener un discurso en francés y otro en árabe, y a desenmascarar las intenciones y motivaciones de ciertos sectores islamistas. Berman además critica a los intelectuales occidentales, a quienes acusa de complacencia ante lo que califica como la mayor amenaza que enfrentan Europa y el mundo occidental: el islamismo militante, integrista y excluyente, intolerante y violento.

En particular, Berman señala indignado que los mismos que rodearon a Salman Rushdie cuando fue condenado a muerte por su novela Los versos satánicos, hoy se muestran pasivos ante las fetuas o decretos islámicos, que siguen poniendo la lápida a cualquiera que se atreva a criticar a esa religión o a quienes la profesan. Al efecto, cita principalmente el caso de la feminista Ayaan Irsi Ali, nacida en Somalia y nacionalizada en Holanda, dura crítica de la misoginia de la sharia o ley islámica, que vive en Estados Unidos, en medio de la indiferencia generalizada, huyendo del mismo puñal que mató a su amigo el cineasta Theo van Gogh.

Berman acusa a Ramadan de no haber rechazado nunca las ideas de sus inspiradores, en particular de las de su ilustre abuelo, Hasán al Bana, fundador de la Hermandad Musulmana, el grupo egipcio que desde los años treinta tiene entre sus objetivos fundacionales convertir a ese país en un régimen teocrático que, bajo el imperio de la sharia, sería la cabeza de playa de la jihad, la guerra santa que impondría a sangre y fuego el califato mundial.

El autor apoya sus afirmaciones en los textos de Ramadan y en sus intervenciones públicas, en las que elogia sin límites a al Banna, a su compañero Sayid Qutb, y al jeque Yusuf al-Qadarawi, cuya contribución al entendimiento mundial incluye haber proclamado que Hitler estaba haciendo “el trabajo de Dios” al matar a los judíos. Berman se queja de que tantos periodistas e intelectuales europeos acepten de buen grado afirmaciones como que los fundadores de la Hermandad eran “librepensadores” y que Qadarawi es un jeque ortodoxo pero moderado, porque, como sostiene el autor, “el movimiento islamista, al prosperar, ha logrado imponer sus categorías de análisis en el modo de pensar de todos los demás”.

Precisamente en uno de los capítulos más impactantes, Berman recuerda los vínculos de la Hermandad con el régimen nazi y la estrecha amistad que unió a al Bana con Haj Amín al-Huseini, el gran mufti de Jerusalén que visitó a Hitler para incitarlo a asesinar a la comunidad judía que crecía en Palestina por el esfuerzo sionista. Una tragedia que no se dio por la derrota del Afrika Korps.

Berman se cuida muy bien de documentar sus afirmaciones, y la pintura que emerge del futuro de Europa es oscura. Al final, deja en el aire la paradoja implícita en el concepto mismo del liberalismo democrático: ¿debe la defensa a ultranza de la tolerancia extenderse a los intolerantes?

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.