Alfaguara (2013), 168 páginas, 37.000

La inminencia

2013/09/11

Por Giuseppe Caputo

Hace dos años esta revista celebró la publicación de La luz difícil, de Tomás González, augurando la entrada de la novela a la historia de la literatura colombiana por la puerta grande. La historia de David –el pintor que atestigua el dolor intolerable de su hijo Jacobo luego de un accidente que lo deja parapléjico y que, años después, revisita su decisión de morir y la espera de su muerte– fue presentada como una obra sobre la redención humana y la superación del sufrimiento que nos reconcilia con la vida.

La nueva novela de González, Temporal, nos ubica, como La luz difícil, frente a una situación terrible e inminente: el dueño de un hotel en el Caribe colombiano y sus hijos veinteañeros, los mellizos Mario y Javier, van en lancha a pescar, mar adentro, a pesar de que en el cielo “había aparecido una acumulación de nubes de un gris casi negro y el lejano diluvio de color de piedra era alumbrado por relámpagos”. Desde su cuarto en el hotel, un turista imagina a los tres pescadores con la tormenta encima, “el temporal soplándoles la nuca”, mientras Nora, la madre de los mellizos, esquizofrénica, escucha premoniciones trágicas en medio de uno de sus episodios psicóticos.

Al principio, el desprecio del padre hacia los hijos y de los hijos hacia el padre parece superponerse a “las explosiones del mar”. El lenguaje que utilizan para hablar entre ellos o para referirse al otro (“No se sabe cuál de los dos es más inútil”, dice el padre a cada tanto; “El viejo hijueputa y el mar”, lo resiente Javier) contiene la posibilidad (¿o inevitabilidad) de que la violencia verbal se vuelva violencia física, o muerte.

La tormenta, por su parte, inminente como la violencia, se va acercando a donde están los pescadores. Antes de que estalle, sin embargo, presenciamos la tensión creciente entre padre y mellizos (“El alma de todos en la minúscula lancha estaba demasiado tensa por la angustia, y la soberbia, y la incertidumbre, y el desdén, por todo eso junto y entremezclado”) y la indiferencia de los personajes –del hombre– hacia la naturaleza (“Aquí se cansa uno a la larga de contemplar tanto hijueputa atardecer, creeme”). Cuando por fin estalla la tempestad, estalla con ella la indiferencia de la naturaleza hacia el hombre –una indiferencia tan arrolladora que opaca toda la violencia de la que el hombre es capaz.

La amenaza que surge es la oscuridad radical, capaz de tragárselo todo, incluyendo a la tormenta. “El mar –leemos en una de las escenas más bellas del libro, que da cuenta del rigor con el que está escrito y de la emoción estética que despierta– era un espejo negro”.

Tomás González dijo alguna vez que el gran tema de sus libros es el conflicto entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal, entre la forma y el caos. En esta novela, sin embargo, más que un conflicto, lo que vemos primero es la contigüidad de esos extremos, como cuando, para describir el temporal, el autor advierte que “era como si en aquel punto remoto se hubiera localizado una especie de infierno. El resto del mar, el resto del universo, estaba tranquilo y azul”.

Pero después, al terminar la lectura, sentimos que, más allá de la contigüidad de los opuestos, lo que hay en la obra de González es la fusión sosegada de los mismos. Su trabajo no solo plasma sino que reconcilia el conflicto entre la vida y la muerte, el bien y el mal, la forma y el caos. Por eso es que, al leerlo, el mundo, inminente, poco a poco se va desplegando ante nosotros, espeluznante y hermoso, como mostrándose por primera vez.

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