El Patrón. Goffredo Parise. Sexto Piso. $56.400. 254 páginas

Trabajar cuesta

María Vélez Giraldo reseña 'El patron' de Goffredo Parise

2014/05/23

Por María Vélez Giraldo

El patrón es una parábola del universo humano, de una sociedad que acaso ya no existe, y de un tiempo en el cual las relaciones laborales eran apenas un borrador del despiadado mundo que sobrevendría al momento en que fue impresa. Escrita por el italiano Goffredo Parise (Vicenza 1929 – Treviso 1986) fue publicada en 1965 y con ella ganó el prestigioso Premio Viareggio.

La novela cuenta la historia de un joven humilde de origen campesino que llega a la ciudad a trabajar en una empresa de comercio bajo el mando de Max, un despiadado capitalista. El equipo del patrón es el de un ejército de siervos que trabajan como si fueran su posesión. En principio, el joven la pasa bien en su feliz rutina: se levanta a las siete de la mañana y trabaja hasta el ocaso. Los días pasan y bajo el amparo de su jefe se siente tan seguro y cómodo que sus sueños de ser alguien van siendo suplidos por la necesidad mundana, socialmente aceptada, de cierta estabilidad.

Uno alcanza a decirse: está bien, es síntoma de humildad dedicar la existencia a algo grande. Pero la cosa es más compleja. La empresa en la que ha puesto todas sus esperanzas estanca todas sus posibilidades porque, como el mundo mismo, está regida por la inapelable ley del más fuerte.

Esta parodia del capitalismo, donde unos trabajan como hormigas para enriquecer a otros, no se cuenta con el predecible rencor de un momento –los años sesenta– en el cual la oposición entre los sueños de cambio y la despiadada economía eran habituales. Al contrario, el humor constante surge aun en medio del decrépito mundo burgués y el de sus súbditos. Parise no es maniqueo: no hace que sus personajes cumplan papeles o tesis para mostrar cuán bueno es el mundo de los asalariados y cuán perverso el de sus patrones: aquí no hay buenos ni malos. Tanto el rico como el pobre sufren. Hay personajes enfermos, mentirosos, hay borrachos y fracasados, seres inútiles que no encuentran su lugar en el mundo y se suicidan. Y hay, sobre todo, perversos y calculadores, muy parecidos los unos a los otros. Todos, por igual, abren algún cajón de la miseria humana en medio del desabrido clima de la empresa y de su inercia.

A medida que avanza la novela el joven, con su alma pura de provincia, se entrega ciegamente a las órdenes de su patrón. Aunque también, en secreto, compite con él al ver que vive atormentado por los valores morales del ser humano: se debate, una y otra vez, entre tomar las riendas de la empresa y ser modelo, o agachar la cabeza y ser uno más entre la multitud. Pero su humildad no es genuina. Como cualquier capitalista es tacaño, prefiere continuar en una vieja sede a innovar, adecúa su baño como oficina para el joven provinciano antes que buscar otro espacio, no piensa en el progreso y dice soñar con una vida bucólica. Todas estas acciones vacuas lo muestran como un ser sin interioridad. Y el joven, tan inocente, con los ojos brillantes y la esperanza intacta, se convertirá en testigo y cepo de su patrón haciéndole ver que la humildad está muy lejos de su espíritu, y que no le alcanzará la vida para merecerla.

De ahí en adelante, esta bella novela se convierte en una suerte de puesta en escena de una enfermiza relación mediada por el mundo del trabajo. El joven es el tipo de empleado que el patrón quiere: es aplicado y leal pero, a la vez, envidia su vida sencilla y así lo expresa poniéndole pruebas que lo llevan al límite. El joven, que al principio es tan feliz siendo su propiedad, sufre no por su situación de súbdito, sino por las contantes crisis morales de su jefe, de quien depende.

El patrón es una novela adelantada al mundo del maltrato laboral. Las viejas costumbres de un capitalismo que aún se encontraba en un estado primigenio y lejano al de las grandes corporaciones de hoy. Su gracia es que construye dos personajes melancólicos y neuróticos unidos por el humor, a pesar de la desgracia de existir en un mundo donde la felicidad es, siempre, una gran mentira.

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