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A través del espejo

Juan Carlos González reseña la última película del director checo Jirí Menzel, Yo serví al rey de Inglaterra

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

Jan Dite, el protagonista de Yo serví al rey de Inglaterra (2006), se mira al espejo —a los múltiples espejos que adornan su despoblada casa— y en ellos ve su propia historia y la historia de su país: ha sido testigo de los cambios que a lo largo de las décadas centrales del siglo XX lo conmocionaron y se da cuenta, ya maduro y golpeado, de que esos mismos cambios también lo afectaron a él, así haya estado al margen, así haya tratado siempre de sacar el mejor partido de toda situación en la que se vio involucrado, voluntaria o involuntariamente.

El veterano director checo Jirí Menzel vuelve los ojos sobre los suplicios de su patria invadida en ese entonces por los alemanes y lo hace a través de un personaje ambiguo, un poco pícaro y un poco oportunista, un anónimo mesero que va a luchar a toda costa por conseguir honores y dinero como solución a su vida gris; un personaje de fábula que salió de una novela de Bohumil Hrabal, el fallecido autor checo que ha sido inspiración de varias de las películas de Menzel, incluida su exitosa y muy recordada Trenes rigurosamente vigilados (1966).

Cuando lo vemos por primera vez, Dite sale de una cárcel donde ha estado los últimos 15 años, luego de haber sido puesto preso por los comunistas. Nos contará en primera persona, y por medio de flashbacks sucesivos, su vida. Una vida que Menzel decide relatarnos filtrada por la imaginación del personaje, contada como una suerte de cuento de hadas con mucho de homenaje al cine mudo, al slapstick de Mack Sennett, a la comedia física de Chaplin y Keaton. Con este último el parecido es muy llamativo: ambos son de corta estatura, recursivos e impávidos frente a todo lo que les ocurre, como si nada les importara. Sin embargo, Dite se distancia de los maestros del cine mudo mencionados a la hora de demostrar su afecto y apetito por las mujeres, criaturas a las que complace sexualmente y a las que se divierte adornando con flores y frutas. Los espejos vuelven ahí a cobrar importancia.

Aunque el tono de buena parte de la película es festivo —hay una indudable simpatía de Menzel por su antihéroe— la que predomina es una mirada profundamente irónica sobre los hechos que desembocaron en la invasión nazi a Praga y cómo eso afectó la vida de los ciudadanos checos, incluyendo aquellos que, como Dite, lograron sacar ventaja de la situación, dejando moral y escrúpulos aparte. Menzel no se atreve a juzgarlo: es probable que no lo vea como un personaje individual sino como un símbolo colectivo de las actitudes que muchos de sus compatriotas se ingeniaron para luchar contra la adversidad. Por el contrario, el director no tiene contemplación por los alemanes, llevando a los límites del absurdo risible muchas de sus actitudes e ideologías. Hay una clara intención en este abordaje aleccionador y burlón. Menzel, como muchos otros cineastas, quiere evitar la amnesia, quiere que los que aún no habíamos nacido cuando tales horrores ocurrieron nos enteremos de lo sucedido, como una forma —a lo mejor ingenua— de evitar que se repitan, pero que a la vez le sirva al director para exorcizar dolencias crónicas.

¿Se sentirá Menzel en paz? No lo sé. Pero no olvido todavía la expresión de Dite cuando —habiéndose perdonado él mismo— pone a merced del viento unos sellos postales, esos que tanta codicia generaron entre los nazis; y más tarde mira a través, ya no de un espejo, sino de una jarra de cerveza con la que brinda —feliz— por lo que realmente es importante.

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