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El diablo en los detalles

'De la estupidez a la locura', obra póstuma de Umberto Eco, cumple con la promesa de su título. Reúne las columnas periodísticas que el propio autor escogió y entregó el material a la imprenta pocos días antes de morir el 19 de febrero del año pasado.

2017/02/24

Por Mauricio Sáenz

Hace exactamente un año falleció Umberto Eco, uno de los intelectuales más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Semiólogo, filósofo, ensayista, columnista, su faceta de novelista hipnotizó millones con obras como El nombre de la rosa (1980), El péndulo de Foucault (1988), La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), El cementerio de Praga (2010) y la última, Número cero (2015). Todas ellas ejercicios tanto literarios como filosóficos que renovaron el género y revivieron en muchos el placer por la lectura.

Esa obra que lo acercó al gran público complementa un acervo de ensayos de gran profundidad como Apocalípticos e integrados (1965), La forma y el contenido (1971), Tratado de semiótica general (1975), Los límites de la interpretación (1990), La historia de la belleza (2005), Historia de las tierras y los lugares legendarios (2013), entre otros.

El que nos ocupa hoy, De la estupidez a la locura, tiene un valor muy especial, pues contiene un aspecto menos conocido de Eco. En efecto, se trata de una compilación de sus columnas periodísticas aparecidas en la prensa italiana a lo largo de los últimos 15 años. Y es una obra póstuma, pues el propio autor escogió y entregó el material a la imprenta pocos días antes de morir el 19 de febrero del año pasado.

Se trata de una serie de pequeñas joyas que confirman que además de sus vertientes académica y literaria, Eco ofrecía a sus lectores una mirada penetrante a la vida cotidiana de la sociedad cambiante, casi nunca para bien, del comienzo del siglo XXI. Y lo hace con unos textos amables, de una sencillez y una frescura sorprendentes, cargados de ironía y buen humor, reflexiones, interpretaciones y observaciones cultas y muy agudas sobre los temas más disímiles. Por sus páginas desfilan personajes de la vida real y la ficción, desde George H.W. Bush hasta Flash Gordon y los martinis “shaken, not stirred” de James Bond. Parecería un maremágnum, pero en el fondo el buen Eco las escogió con un hilo conductor trascendente.

En efecto, el semiólogo busca confirmar que detrás de sus enormes avances técnicos, que parecerían haber integrado a la humanidad como nunca antes, se esconde esa modernidad líquida descrita por el también recientemente fallecido Zigmunt Bauman, esa ausencia de valores compartidos por las sociedades, por la cual “al no haber puntos de referencia, todo se disuelve en una especie de liquidez”. Un mundo sin norte atascado en el relativismo y en la valoración exagerada de la notoriedad y las apariencias.

Eco clasificó las columnas, de un poco más de dos páginas cada una, en catorce secciones de títulos muy dicientes, como “Ser vistos”, “Los viejos y los jóvenes”, “On line”, “Sobre los teléfonos móviles”, “Sobre los medios de comunicación”, “Entre religión y filosofía”, “De libros y otros temas”, “Del odio y la muerte”. Algunos temas resultan proféticos, como cuando anticipa la crisis de la verdad al escribir, en 2000, “los periódicos y los horarios de trenes suscriben con sus usuarios un pacto de veracidad, que no puede ser violado salvo que se disuelva todo contrato social. ¿Qué pasará si el instrumento principal de comunicación del nuevo milenio no es capaz de establecer y hacer observar este pacto?”.

También critica la ignorancia generalizada en una sociedad abrumada por la información, como cuando menciona sorprendido que una cuarta parte de los ingleses piensa que Churchill es un personaje de ficción, mientras cree que Sherlock Holmes fue un detective de carne y hueso. Lo trae a cuento para insistir en la necesidad de que la sociedad recobre su pasado, para aprender las lecciones de la historia. Y, como subyace a lo largo del libro, para que recupere la capacidad de pensar: única fórmula para no pasar, como dice en su título, de la estupidez a la locura.

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