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Un Bond que sangra

Francisco J. Escobar reseña Casino Royale, el último film de James Bond.

2010/03/15

Por Francisco J. Escobar S.

No era una cuestión de dinero. Aunque el pasado filme de la franquicia de James Bond, Die Another Day (2002), había recaudado un poco más de 47 millones de dólares en su primer fin de semana en las pantallas, lo que lo convirtió en el estreno más lucrativo de toda la saga del 007. Sin embargo, al terminar la cinta, los fanáticos, los críticos y los productores supieron que la historia del hombre con permiso para matar, agonizaba.

No había salvación a la vista. El Bond encarnado por Pierce Brosnan era como la Paris Hilton de los espías: tenía accesorios de última moda, mucho glamour, buena pinta, sonrisa de coctel, y nada más. Era un muñeco inflable.“La tecnología comenzó a ser más importante que la historia y los personajes”, le contó el productor Michael G. Wilson a la revista Premiere. Bond estaba muerto. Pero Wilson y Barbara Broccoli (quienes tienen a su cargo la producción de la saga) querían resucitarlo. ¿Cómo? ¿Qué hacer para que un viejo héroe al que los espectadores abuchean y las reseñas aplastan recupere su estatus? “Volver al inicio, a la raíz”, respondieron. Y acertaron.

Eso es lo que nos muestra Casino Royale: el regreso a la raíz. La película, dirigida por Martin Campbell (GoldenEye), reescrita por Paul Haggis (ganador del Oscar por Crash) y protagonizada por un inspirado Daniel Craig (Infamous), es un recorrido de dos horas y media por el pasado perdido del agente británico. Atrás queda el exceso de gadgets y martinis de los últimos filmes. Este Bond, en principio, prefiere el whiskey; no tiene clase, es algo primario en sus gustos, más brutal a la hora de apretar el gatillo y es el embrión del personaje que hicieron famoso Sean Connery, George Lazenby, Roger Moore y Pierce Brosnan –dejemos de lado a Timothy Dalton, que fue un desastre–.

Este James Bond es un marine inglés que acaba de ser promovido a espía, un tipo que sangra cuando se cae o le dan trompadas –no el Brosnan pasado de laca–, un atleta de alto rendimiento –no el Moore envejecido de A View to a Kill–, un seductor aprendiz –Connery podría darle un par de consejos–, uno que pierde y grita de dolor cuando su enemigo le pega en las pelotas. Es un ser real, un hombre duro, pero hombre al fin y al cabo. Ésa es su gran virtud. Y el indicado para interpretarlo era Daniel Craig (aunque nadie creyera en él), que le da gran verosimilitud a su personaje. Sí, con él ha resucitado Bond. Atrás quedan las dudas de los críticos, los titulares que lo condenaban y lo llamaban: “Bland, James Bland” (“Soso, James Soso”). Craig ya tiene permiso para matar.

A la exitosa resurrección contribuye el acertado guión de Haggis –basado en el libro de Ian Fleming–, que hilvana una historia de amor con la trama de acción principal y las cierra con acierto. Bond se enfrentará en un juego de póquer a Le Chiffre, un hombre que lleva las finanzas de diversos grupos terroristas. El dinero para entrar en la partida se lo dará Vesper Lynd (Eva Green), que trabaja para el gobierno británico y se convierte en una tentación para el agente secreto. Una historia simple, bien contada, con buenas persecuciones y peleas, que guarda sorpresas hasta el final. Los fanáticos de Bond no se podrán quejar, los que odian al 007 se van a entretener y los que no lo conocían estarán aguardando la próxima película, que se comenzará a filmar el próximo año.

Al final, Wilson y Broccoli han demostrado que la nueva fórmula del cine actual para revivir héroes en decadencia es: “volver al inicio, a la raíz”. Darles nueva vida, indagar en su pasado, borrar su pose frívola, crearles nuevos conflictos. Bueno, eso ya lo supo Christopher Nolan después del éxito que consiguió con Batman Begins (2005), ¿no? La fórmula; la nueva fórmula funciona.

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