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Un buen argumento contra el optimismo

Rafael Osío Cabricez reseña A punta de pistola de David Rieff

2010/03/15

Por Rafael Osío Cabricez

David Rieff debe ser uno de esos tipos que desesperan a los entrevistadores de televisión, a los asesores de campaña de los candidatos y a los funcionarios de alto nivel. Sus opiniones son pronunciadas o “tipeadas” con la suficiente contundencia para hacer daño en más de uno, pero a la vez contienen muchos matices, recovecos, complejidad: rebatirlas o ningunearlas puede requerir un esfuerzo que sobrepasa la capacidad retórica de quien pretenda parecer tan inteligente como él. Cuando en A punta de pistola: sueños democráticos e intervenciones armadas —una colección de ensayos que se alimentan de su experiencia directa en el terreno y de la musculatura reflexiva que heredó de su madre, Susan Sontag— Rieff explica cómo la izquierda defensora de los derechos humanos y los neoconservadores que aletean en torno a George W. Bush coincidieron, increíblemente, en producir los argumentos que llevaron a la invasión de Irak, el lector que para su fortuna está fuera de ese enredo se imagina las respectivas gotas de sudor que ante ese párrafo en particular pueden haber bajado por la frente de, digamos, un William Brownsfield, o, por otro lado, un Noam Chomsky.

Claro que eso no es lo único en lo que un ensayista valiente, modesto, enormemente informado y convincente como este puede descolocar a sus eventuales adversarios. A diferencia de tanta, tanta gente, Rieff no solo reconoce que en el pasado se ha equivocado en algunas posiciones, sino que incluye en este libro los artículos que entonces escribió desde una opinión que hoy se encarga de discutir… con el mismo talento con que defendió la antigua. Es lo que hizo con sus llamados iniciales a que la otan interviniera en los Balcanes, frente a la más elaborada postura que hoy, luego de los excesos en Somalia, Kosovo, Afganistán e Irak, tiene sobre la pertinencia de usar la política, la economía y la fuerza militar para ocuparse de los dramas de otros.

Es un libro ejemplar en cuanto a la sintonía de reflexión geopolítica con filosofía moral, puesto que cuestiona permanentemente los imperativos categóricos de una u otra parcela ideológica y somete cada caso a un implacable realismo. A lo largo de todo el libro organiza claros argumentos contra la ceguera que trae el optimismo: pensar, por ejemplo, que África está recuperándose casi sola impide tomar verdadera conciencia del tamaño de sus problemas y ayudarla como es debido. Y por otro lado, demuestra cómo la confusión en torno al término de “genocidio” diluye la preocupación, y por tanto la reacción, ante lo que sucede en Darfur.

A punta de pistola tiene dos partes: una sobre las distintas crisis de finales de siglo, los genocidios del siglo xx y la trayectoria de la onu, y otra sobre Irak. La revisión del papel de su país, Estados Unidos, está en todos los textos, y parte de la premisa de que es la única superpotencia y hay que encontrar el modo de tenerla del lado de las buenas causas, no al margen. El texto original en inglés es de 2005 (esta traducción, del año pasado) y no se ocupa de Colombia ni de Venezuela. Pero sí recupera antecedentes históricos sobre los horrores de Ruanda o de la ex Yugoslavia, reúne datos como la proporción en las guerras del presente entre muertos civiles y muertos militares (noventa civiles por cada diez militares, exactamente lo contrario de la de la Primera Guerra Mundial) y cita información privilegiada para hacernos entender, y lamentarnos, cómo la onu y Occidente permitieron que se desencadenaran los más recientes holocaustos. Un libro desafiante; un libro imprescindible.

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