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Un buen inicio

Francisco J. Escobar reseña Mentes en blanco dirigida por Simón Brand

2010/03/15

Por Francisco J. Escobar S.

Son pocas, poquísimas, las películas realizadas por colombianos que, primero, no han sido rodadas en territorio nacional; segundo, no tienen los acentos típicos de estas tierras y son habladas en buen inglés (así que no se cuentan las obras de Jairo Pinilla); tercero, poseen una impecable factura, y cuarto, han sido protagonizadas por actores de tan buen nivel que tuvieron papeles estelares en obras nominadas al Óscar o cintas de generoso presupuesto. A ver, ¿quiénes las han hecho? , ¿cuáles son?

En primer lugar tendríamos que hablar de Rodrigo García (¡Las ligas mayores! Hijo de Gabo y director de Cosas que diría con solo mirarla), y en segundo, de Simón Brand y su ópera prima: Mentes en blanco, que acaba de llegar a las salas del país.

Su filme fue realizado en California con un presupuesto cercano a los cuatro millones de dólares, hecho realidad por dos productoras independientes y protagonizado por James Caviezel (el Jesús de La pasión de Cristo dirigida por Mel Gibson), Greg Kinnear (el padre de familia fracasado de Little Miss Sunshine) y Barry Pepper (Los tres entierros de Melquíades Estrada), entre otros.

Brand, conocido realizador de videos musicales –ha creado más de ciento veinte piezas para diversos músicos como Shakira, Juanes, Thalía, Alejandro Sanz y Jessica Simpson–, demuestra en su primera obra que si algo sabe es rodar. De la escuela mtv aprendió a pulir la forma y ahora, en el celuloide, está hallando la manera de narrar. Pero, claro, se nota qué conoce más y qué ha hecho menos. Su película, que tiene una imagen sobresaliente flaquea en algunos pasajes de la historia. Su estética es notable (este filme compite sin problemas con el más acabado que haya en las pantallas gringas), pero su relato tiene algunas fisuras.

El comienzo es prometedor: ¿qué puede pasar cuando cinco hombres –varios de ellos heridos– que están prisioneros en una bodega abandonada y han perdido temporalmente la memoria (por culpa de un gas que inhalaron), comienzan a recordar por qué están ahí? ¿Quién es el malo, quién el bueno? ¿Quién está aliado con quién? ¿Quién disparará primero? Un arranque potente, sin duda.

A medida que la obra avanza empezamos a encontrar ciertos nexos con filmes ya vistos como Memento (el tema de la memoria perdida, de reconstruir por trozos la totalidad de la historia), de Saw (el enemigo está adentro, a tu lado, pero quién es), quizás de Cube (el encierro y la paranoia) y muchos críticos señalan también que la cinta bebió de los Reservoir Dogs de Tarantino (el montaje, la forma, el tufillo de los diálogos). Por supuesto, también hay momentos de videoclip –el autor no puede huir de su estética favorita– que vemos en los numerosos flashbacks, fogonazos, que son los recuerdos volátiles de cada uno de los protagonistas.

Pero al final la película, que pudo haber sido una ópera prima redonda y sin grietas, pierde fuerza en el desenlace que, como se lee en The San Francisco Chronicle, llega de manera “abrupta” y deja al espectador con varias preguntas sin resolver –sus personajes quedan a la deriva–. Con sus aciertos y pequeños defectos, la obra de Brand (que se mueve fuera de los circuitos de la gran industria) merece que los espectadores compren la boleta para verla. Porque sí, cintas como estas, dadas sus características, hay pocas, poquísimas. A las salas entonces.

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