BUSCAR:

Un cielo pluscuamperfecto, de Dava Sobel.

Un cielo pluscuamperfecto, de Dava Sobel.

Crítica libros

E pur si muove

Por: Mauricio Sáenz

Publicado el: 2013-02-19

No hay como estar en tierra firme” o “Ya se está poniendo el sol” son frases que usamos con la mayor naturalidad, que demuestran que el universo geocéntrico de Tolomeo sigue vivo en el subconciente colectivo.

Porque las decimos a pesar de que sabemos que la tierra no es tan firme, pues gira y se mueve como los demás astros, y que el sol no se pone, pues nuestro planeta es el que se desplaza a su alrededor. Pero el que estas expresiones hayan sobrevivido quinientos años después de que Copérnico las desvirtuara, ilustra el muro de incomprensión al que se enfrentaba el polaco cuando concibió la idea, descabellada entonces hasta para él mismo, de que la tierra no es el centro del universo.

Dava Sobel, en su espléndido Un cielo pluscuamperfecto se acerca a la vida de ese clérigo, médico y matemático polaco que con el ojo desnudo –faltaba casi un siglo para la invención del telescopio– fue capaz de demostrar semejante teoría, contraria al sentido común y a las enseñanzas de la Biblia.

Sobel se apoya en el archivo existente para registrar las actividades de Copérnico como funcionario y eventual obispo de Varmia, en la actual Polonia. Es un hombre bonachón que resuelve con justicia los asuntos a su cuidado, los linderos de una finca, las vacas de uno en el potrero del otro, la herencia de un tercero… Un funcionario versado que incluso publica un estudio sobre el precio del pan. Pero su mente estaba en otros menesteres.

En efecto, por las noches se dedicaba a escudriñar el firmamento, a registrar las posiciones del sol, la luna y los planetas y a hacer sus cálculos asombrosos. Copérnico sabía que sus conclusiones sonaban a disparate, y no quería publicarlas por temor al ridículo y a que lo consideraran hereje. Cuando las produjo, hacia 1510, tenía más de cuarenta años, y vivir en esa época turbulenta no era fácil. La reforma de Lutero, la guerra con los caballeros teutónicos, las intrigas de los obispos, hacían que la suerte pendiera siempre de un hilo.

Pero su trabajo trascendió la comunidad académica, y un joven matemático alemán, Georg Joachim Rheticus, viajó a Polonia en 1539 para intentar convencer al polaco de salir del anonimato. El alemán era un matemático brillante y precoz profesor de la universidad de Wittenberg, pero era luterano, por lo que su presencia era un riesgo, y Copérnico no quería atraer a las autoridades eclesiásticas que lo tenían entre ojos por su relación de concubinato con su ama de casa. En suma, nada indicaba que el inesperado visitante podría tener éxito. Lo tuvo.

De Copérnico se sabe casi todo, menos la forma como Rheticus lo convenció para que publicara su obra, y para que fuera su maestro durante más de un año. Sobel, lejos de amilanarse ante el vacío histórico, utiliza en la segunda parte del libro un recurso tan inesperado como ingenioso: escribe en un hipotético diálogo lo que pudo pasar de puertas para adentro entre estos dos personajes. Lo único comprobado es lo que suena más dramático: Copérnico alcanzó a sostener el primer ejemplar impreso de De las revoluciones de las esferas celestes, poco antes de morir.

En la tercera parte, Sobel retoma la forma narrativa tradicional para contar cómo se abrió paso el sistema heliocéntrico en los años siguientes, con la activa participación de personajes como Kepler y Galileo Galilei. El paso del tiempo y los avances de la ciencia obligaron finalmente a la iglesia a aceptar la realidad en 1835. Copérnico, casi sin querer, había dado un paso crucial hacia la comprensión de lo incomprensible: un cosmos en el que el hombre, lejos de estar en el centro, es apenas una insignificante casualidad.