Portada de Las independencias hispanoamericanas.

Un continente sin terminar

Mauricio Sáenz reseña un libro sobre los docientos años que están cumpliendo las independencias americanas

2010/03/16

Por Mauricio Sáenz

Al cumplirse los 200 años de esa serie de hechos que dieron como resultado la desaparición del imperio español en el Nuevo Mundo (con la excepción de Cuba y Puerto Rico), los historiadores del siglo xxi quieren replantear la visión tradicional que en el fondo corresponde al interés político, muy explicable entonces, de consolidar naciones Estado inventadas sobre la marcha. Es tiempo, en fin, de mirar la independencia más que como una gesta heroica unidimensional contra la “opresión” y por la “libertad”, como el resultado de un proceso amplio no solo en cuanto a su duración, sino en cuanto a la cantidad de factores históricos involucrados, mucho más complejos que lo que la historia patria suele contar en los pénsumes oficiales.

En ese sentido se dirige Las Independencias hispanoamericanas. Interpretaciones 200 años después, libro de la colección Vitral de Editorial Norma coordinado por Marco Palacios, respetado historiador colombiano. Se trata de 13 ensayos de diversos expertos que analizan los hechos ocurridos en México, Guatemala, Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador, Paraguay, Chile y Argentina, con uno dedicado a explicar por qué las grandes islas españolas del Caribe debieron esperar todavía 80 años para separarse de una metrópoli que ya de Imperio no tenía sino el recuerdo.

Las independencias… plantea en términos muy accesibles una mirada que, si bien no es estrictamente nueva para los expertos, sorprenderá y seguramente apasionará a muchos.

Nos permite, por ejemplo, entrar en contacto con las realidades, poco mencionadas en la historia escolar, de que los líderes hispanoamericanos en verdad se encontraron casi de manos a boca con una independencia que no estaban buscando, que la guerra que libraron fue en su primera etapa un conflicto civil entre americanos y que cuando todo se desencadenó, cuando el cordon umbilical quedó cortado, sus dirigentes no tenían la menor idea de qué clase de gobierno darles a esos países nacientes, cuya dimensión geográfica ni siquiera estaba suficientemente definida. Tanto, que la opción de una independencia monárquica, solo materializada en México, se contempló en casi todas las regiones.

Los hispanoamericanos comenzaron a ser atropellados por la historia desde la Guerra de los Siete Años, un conflicto global entre Inglaterra y Francia en el que España entró al final, del lado equivocado. La poderosa armada inglesa había tomado fácilmente La Habana en 1762 y, al hacerlo, había demostrado que España tenía que modificar su organización imperial si no quería perderlo todo. Las reformas borbónicas unificaron el Imperio, centralizaron aún más la política y la economía, aumentaron la presencia de los españoles peninsulares en las administraciones coloniales y terminaron por crear nuevos resentimientos entre los criollos.

Esos resentimientos, sin embargo, no impidieron que, a raíz de la invasión napoleónica, las juntas que surgieron en América en 1810 se empeñaran en rescatar la autoridad real, no en desconocerla. Pero sí resurgieron con fuerza cuando los liberales españoles, los mismos que convocaron a la Junta Central de Cádiz, e impusieron una Constitución de avanzada en la península, temieron dar a los americanos la representación que merecían. Y finalmente los resentimientos se volvieron insalvables luego de que, al recuperar el trono en 1814, Fernando VII derogó lo avanzado y volvió al absolutismo.

Así que, después de muchos ires y venires, en los que la miopía histórica de los españoles jugó un papel crucial, la independencia se hizo una realidad irreversible. Los dirigentes del enorme subcontinente se vieron abocados a imaginar, a partir de cero, un orden nuevo social, político y económico para países que ni siquiera existían. Los centenares de Constituciones que han expedido en estos 200 años demuestran que ese trabajo aún no termina.

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