Un disco bisagra

Luis Daniel Vega reseña "Pentajuma" de Juan Manuel Toro Quinteto.

2010/09/11

Por Luis Daniel Vega

No nos digamos mentiras, el cuento del jazz en Colombia es un asunto que solo existe en septiembre. ¿Y el resto del año qué? Esa es la pregunta más interesante y la respuesta no parece dar un buen diagnóstico.

 

Aunque durante los meses restantes existe una intensa actividad en bares y recintos alternativos (por lo menos en Bogotá), pareciera ser que al grueso del público que le gusta el jazz sólo le interesara ir a los festivales de septiembre, darse un baño de popularidad, posar de inteligente y… listo, tranquilo luego a la comodidad de la casa.

 

Pero allí no termina el rollo. La producción discográfica local se queda en cajas, pues se da por supuesto que no son buenas y esos grupos que hacen discos siguen siendo algo así como “la serie b” de los festivales: se les relega al papel del telonero, les pagan honorarios vergonzosos y aún siguen apareciendo en letras menudas en los carteles.

 

Lo más irónico de todo esto es que tan sólo con los grupos que existen en la actualidad en Colombia se podría hacer un tremendo festival de primer nivel sin necesidad de recurrir a las grandes estrellas, esas que van a ver los que no se aparecen por los bares ni compran los discos.

 

Sin ir más allá, y sin tener que ser un especialista, es muy fácil darse un rodeo por internet y encontrar que el jazz por acá, aunque sigue siendo emergente —en parte por ese tufillo segregacionista proveniente del público y programadores—, es variado, profesional y comprometido. Allí está el quinteto del contrabajista Juan Manuel Toro para comprobarlo.

 

Toro es un tipo tranquilo, un tanto tímido y nada solemne que desde hace diez años se convenció de que vivir del jazz en estas latitudes no era un desatino. Antes de realizar sus trabajos como líder ya era un viejo conocido en la escena por su participación al lado del trío de Manuel Borda, el quinteto Primero Mi Tía y el sexteto de Jorge Sepúlveda, baterista con el que ha conformado la que es acaso la base rítmica más cojonuda de la capital.

 

Este año Toro ha decidido saltar al ruedo con dos discos que lo dejan ver como un excelente intérprete y un compositor muy creativo, dueño de su tiempo. Fuera de los clichés clásicos de tumbaos cubanos, bossa novas y swing, el contrabajista ha condensado muchas horas de audición (en lo que se refiere a jazz contemporáneo, rock y música tradicional colombiana) en un sonido aguerrido, universal, sin concesiones y bien tejido.

 

De eso da cuenta Sublánimal junto al Trío Pársec y, ahora, frente a su quinteto, con Pentajuma, un soberbio disco que cierra con broche de oro esta década y deja bien abierta la puerta.

 

Sin ser evidente, Toro dispara en muchas direcciones. Es capaz de ir a San Jacinto, luego a Nueva York y volver a Bogotá. Por eso el disco arranca con “Gusano”, una pieza donde un merengue de gaita se confunde con un desquiciado reef de guitarra y una batería muy rockera. De ahí para abajo, Pentajuma es una cascada incontenible que no da tregua. Acá hay espacio para los aires de chirimía (“Orito puyao”), currulaos (“Pentajuma”), sosiego místico (“Tierra”), referencias directas a formas musicales de los indios del sur de Colombia (“Bajo Putumayo) y trancazos de ritmo como “Toro danza”.

 

Rodeado de improvisadores natos como Jacobo Vélez en el saxo soprano, Plutarco Guío en el saxo tenor, Jaime Andrés Castillo en la guitarra y Jorge Sepúlveda en la batería, Juan Manuel Toro llega con un disco desafiante, riguroso en interpretación, caótico y sorprendente por donde se le escuche.

 

Esperamos que Pentajuma no pase inadvertido ni empolvado en las tiendas. Eso sí, sería increíble verlo como cabeza de festival y no abriendo un concierto como premio de consolación.

 

Juan Manuel Toro Quinteto

Pentajuma

La Distritofónica, 2010

$25.000

 

 

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