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Un disco muy tieso y muy majo

Juan Carlos Garay reseña Pombo musical, un disco realizado entre varios artistas.

2010/07/13

Por Juan Carlos Garay

Alguna vez dijo Joan Manuel Serrat que una de las satisfacciones que le trajo haber musicalizado los versos de Miguel Hernández fue ver cómo empezaron a venderse más y más libros del poeta. Tal vez ese no sea el caso del disco Pombo musical porque, al fin y al cabo, los poemas de Rafael Pombo siempre han sido parte de nuestro acervo; pero sin duda este disco será clave para la renovación generacional del gusto por quien fue nombrado “poeta nacional”, con todo y corona de oro, en 1905. Y, a pesar de que contamos con otros excelsos poetas, por ahora solamente Pombo podía hacer el milagro de reunir a los mejores exponentes del rock y el pop en un solo álbum.

El secreto de su popularidad radica, sin duda, en los dos volúmenes de versos para niños publicados en la segunda mitad del siglo XIX: Cuentos pintados y Cuentos morales para niños formales. En una u otra edición, personajes como Rin Rin Renacuajo o Simón el bobito hacen parte de nuestros recuerdos infantiles de biblioteca, y casi siempre nos aprendimos alguna estrofa sin mucho trabajo. “Es que la poesía de Pombo tiene un ritmo superchévere”, me explicó con su habitual coloquialismo Andrea Echeverry, la cantante de Aterciopelados, que para este proyecto cantó “Mirringa Mirronga” a ritmo de pasillo.

Y el ritmo, por supuesto, es el elemento más notable que tienen en común literatura y música. Según Echeverry, a estos versos la música les brota y lo arduo fue, más bien, decidir qué género adaptarles. Dado que Pombo era un poeta bogotanísimo, los Aterciopelados optaron por el lenguaje del pasillo, que mantenía a “Mirringa Mirronga” dentro del contexto geográfico en que fue escrita. Pero hay otros experimentos más osados que también han salido airosos. Unos meses antes de que se publicara Pombo musical, por ejemplo, la orquesta Real Charanga sorprendió con una versión en salsa de “La pobre viejecita” (y es una lástima que no la hayan incluido aquí, en lugar de la versión de marinillo estereotipado por la que optaron los productores). Igualmente aparecen en el disco un vallenato de Fonseca (“El robanidos”) o un porro de Cabas (“Juan Chunguero”) que son aproximaciones muy ingeniosas.

A don José Rafael de Pombo y Rebolledo, quien era amante de la música culta y escribió los textos de dos óperas, tal vez estos experimentos con su poesía le habrían parecido un tanto extremos. Pero en muchos de los casos descubren una belleza nueva. Fue un gran acierto, por ejemplo, incluir la interpretación de Lucía Pulido de “Dios y el alma”, el único poema no infantil de esta colección, convertido en un joropo que pareciera salido de la más sabia tradición popular. También hay desfases, claro: lo que hizo Juanes con “El gato bandido” resulta caótico porque la melodía no respeta la estructura de estrofas. Y tal vez fue un poco innecesaria la libertad que se tomó Santiago Cruz de añadirle a “Simón el bobito” un coro que el poema original no tiene.

La conclusión, sin embargo, es que Pombo musical es un disco afortunado: una grabación que nos ha hecho recordar versos y personajes muy cercanos al afecto, que nos ha puesto a discutir entre amigos acerca de cuál fue la mejor musicalización y, sobre todo, que nos ha devuelto la atención a la poesía. Es muy tentador imaginarse nuevos volúmenes con este mismo elenco explorando, digamos, los versos de José Asunción Silva o de León De Greiff. Pero es solo un sueño. Lo que por ahora tenemos son 52 minutos con algunas de las mejores páginas de Pombo, y no es poco.

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