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Un ego se confiesa

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Mauricio Sáenz reseña el libro 'Un arte espectral' de Norman Mailer.

Por: Mauricio Sáenz
Publicado el: 2012-09-12

Cualquiera que haya intentado escribir desde un cuento hasta una novela, pasando por un artículo o un ensayo e incluso, para no ir muy lejos, la reseña de un libro, sabe que antes que nada debe doblegar al fantasma de la página en blanco. Por eso, Norman Mailer llamó El arte espectral a esta especie de testamento literario publicado originalmente en el 2003, cuatro años antes de morir a los ochenta y cuatro. Porque en este volumen trata de revelar los procesos creativos que se producen en la mente del escritor, solo para confirmarnos que son esencialmente inexplicables. Como él mismo sostiene, “escribir es algo espectral. No existe la rutina de una oficina, solo la página en blanco cada mañana, y nunca sabes de dónde vienen tus palabras, esas divinas palabras”.

El libro es extraño porque se compone de materiales de las más diversas texturas, creados a lo largo de sus más de cincuenta años de carrera. Se trata de artículos, prefacios, entrevistas y conferencias que aparecen en una amalgama que se antoja caótica porque da pocas pistas sobre cuándo y dónde aparecieron originalmente. En todo caso es un recorrido por el quehacer literario de uno de los autores más famosos (y controvertidos) de las letras norteamericanas del siglo XX, dirigido, según él, a “hombres y mujeres que ya han descubierto cierta vocación para escribir, (...) han comenzado a enfrentarse con los peligros y los obstáculos de la vida de escritor”.

El volumen tiene dos partes, y la primera es la más interesante. Allí Mailer habla de la aventura de escribir (y editar), o mejor, su aventura, desde que tomó cursos en Harvard antes de enlistarse rumbo a la Segunda Guerra Mundial. Esa experiencia se convirtió en su primer libro, Los desnudos y los muertos, que lo lanzó a la fama y lo convenció de que lo suyo sería la literatura. Pero, como nos enteramos, ese best-seller temprano se convertiría también en una especie de maldición. En efecto, a pesar de haber tenido muchos otros éxitos, haberse hecho famoso pronta y “fácilmente” le hipertrofió el ego hasta tal punto de que se creyó capaz de producir la gran novela norteamericana (“tolstoyana”) que ni él ni su generación llegaron a crear. Aparte de que, como dice, ese éxito juvenil predispuso en su contra a la crítica, que desde entonces usó a su ópera prima como el rasero para medir las posteriores.

Aunque el ego legendario de Mailer permea el texto, y este, como su obra, es desigual, no deja de ser útil para entender el proceso creativo, como cuando examina las posibilidades de la narración en primera o tercera persona, las calidades de los personajes y la importancia de la trama, a la que considera una camisa de fuerza si está demasiado predeterminada. Lo dice a pesar de que la mayor crítica a su obra consiste en que tiene más éxito cuando trata hechos de la vida real (La canción del verdugo) que cuando construye sus argumentos. En todo caso tiene decenas de frases memorables, como cuando afirma que es posible incluir a cualquiera en una novela, menos a un novelista que sea más brillante que el autor mismo.

En la segunda parte, dedicada al género y los colegas, trata las relaciones de la literatura con otros oficios como el cine, el periodismo y hasta los grafitis, y reflexiona sobre gigantes como Tolstoi, Dostoievski o Hemingway, contemporáneos suyos como Vidal o Capote e incluso nuevos como Jonathan Franzen.

A pesar de que Mailer no deja de ser egocéntrico, Un arte espectral sirve para echar una mirada furtiva a las vicisitudes del oficio de escritor, no solo apasionante para los que quieren ejercerlo, sino para los lectores, sin quienes los primeros no podrían existir. Pero, de nuevo, los hispanohablantes nos encontramos con un defecto que parece ser ya epidemia: la traducción por momentos es simplemente deplorable.