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Un héroe de cartón

Manuel Kalmanovitz reseña Milk, dirigida por Gus Van Sant

2010/03/15

Por Manuel Kalmanovitz G.

Aquí y allá en Milk pueden verse las pinceladas que hacen de Gus Van Sant uno de los directores más interesantes de Estados Unidos. Dos tipos besándose entre tomas entrecortadas, desestabilizantes y ligeras; un cambio de foco que convierte una masa en puntitos de colores mientras deja ver a un tipo reflejado en una ventana. Pero son cosas pasajeras, sin énfasis, sin duración. En Milk no parece haber lugar para esos tiempos largos y vacíos que tanto ha explorado Van Sant a partir de Gerry, y que desarrolló luego en Elephant, Last Days y Paranoid Park.

Milk es una biografía o, mejor, una hagiografía de Harvey Milk, un mártir de los derechos homosexuales en Estados Unidos asesinado en 1978. Y tal vez sea imposible mostrar tiempos muertos cuando se está hablando de santos cuya santidad consiste en intentar cambiar el sistema político. Lo que es una lástima, porque tiºempos muertos tienen hasta los santos. Pero bueno. El caso es que en Milk casi no los hay.

Comienza en 1970, cuando Milk, a punto de cumplir 40 años y “sin haber logrado nada en la vida”, conoce a un muchacho en una entrada del metro de Nueva York con quien decide mudarse a San Francisco. En esa época San Francisco era un refugio para toda clase de desadaptados de Estados Unidos, particularmente hippies y homosexuales, que huían de climas inhóspitos y represivos, de mentalidades pequeñas y asfixiantes.

Milk abre un negocio fotográfico en la calle Castro, epicentro de la comunidad homosexual de San Francisco, y comienza a participar en actividades políticas. Primero con colita de caballo y barba, se lanza como candidato a supervisor de la ciudad. Tras perder, colita y barba desaparecen y los bluyines también, reemplazados por trajes con chaleco y corbata y el pelo corto.

Hay algo paradójico ahí en lo que la película no se detiene: para lograr ser elegido este activista debe encorbatarse y mostrarse ‘normal’ para no asustar al electorado. Pero ¿no eran , así sea en parte, esos valores burgueses los que se querían evitar? Pues resulta que no, que esa no es la clase de revolución de Milk.

Y luego llega la tragedia, el martirio. Milk es elegido a la Junta de Supervisores de la ciudad y un colega desequilibrado (Van Sant sugiere que como resultado de una confusión sexual no reconocida) los asesina a él y al alcalde de San Francisco. Y así terminó esa vida de mártir. Y la película también.

Aunque no. Al puro final salen fotografías de los personajes originales y es impresionante ver cuánto se parecen a los actores. Y, sobre todo, al vestuario. Las mismas gafas, la misma camisa a rayas, la misma chaqueta de cuero. Quizá por eso sea tan inerte la película, porque toda la energía se fue en la dirección de arte. Como si el pasado que muestran fuera para ser adorado, no entendido o asimilado. Como si fuera un punto de llegada y no de partida.

Viene con el terreno, seguramente. Las vidas de los santos no son para tratarse a la ligera (exceptuando al San Francisco de Rossellini, que es ligero y humano). Las vidas de santos y mártires no son en realidad vidas sino cimientos donde se apoyan las instituciones del presente. “Los pilares del establecimiento”, como dicen.

Y el establecimiento basado en Milk es tan establecimiento, como el que le dio origen. Es el establecimiento de los barrios de homosexuales y la posibilidad de ser un “homosexual decente” que paga sus impuestos y exige que el estado trabaje para él. Esta película es, entonces, un monumento a ese “homosexual decente” al que aspiraba Milk. Donde los dramas pasionales (que los hay) parecen anémicos y apagados, porque tratándose de los pilares del establecimiento esas cosas son secundarias, como dibujos en esfero en una columna de piedra.

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