MOTORMAN David Ohle Editorial Periférica $49.800 157 páginas

Un Mundo asfixiante

Álvaro Robledo reseña 'Motorman' de David Ohle.

2014/09/23

Por Álvaro Robledo

 

Moldenke, el protagonista de la novela Motorman, de ficción científica (como haría la salvedad el escritor japonés Kobo Abe, para diferenciarla de la ciencia ficción, una suerte de laberinto enloquecido en el que no hay redención y todo es controlado por los usos y desusos de la tecnología), es un personaje que está a la altura de otros personajes del género, como Billy Pilgrim, de la novela Matadero-Cinco de Kurt Vonnegut; el hijo del duque de la casa Atreides, Paul, en Duna; o el detective Rick Deckard, de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Phillip K. Dick, recordado por muchos en la actuación que hace de él Harrison Ford en la ya mítica película Blade Runner.

Es un hombre ya no tan joven, con un viejo diente de plata que destella, que considera la soledad como la madre de todas las virtudes, que cuando llega el invierno al planeta agobiante en el que vive, cubierto por varios soles y lunas artificiales que se rompen y arden, sale a escribir su nombre con orines en la nieve, mientras recuerda con nostalgia el momento en el que aun tenía un solo corazón. En su planeta comen gatos e insectos, las mujeres van por las calles con abrigos de piel de perro. Moldenke, sin esperanza, “practicaba la existencia lineal y el movimiento lateral, prefería la tortuga a la grulla, el plato a la lámpara”.

Es un libro construido por110 subcapítulos muy cortos, cargados de diálogos y cartas delirantes que llevan al lector a un mundo de asfixia: el mundo que imaginaba su autor, David Ohle, en 1972, cuando publicó este libro (que pronto se volvería objeto de culto, aun cuando cayó muy pronto en el olvido comercial y solo pasaba de mano en mano, en fotocopias, en la más absoluta clandestinidad), en plena guerra de Vietnam. No en vano el libro ha sido considerado una de las mejores críticas que se han hecho en contra de esta guerra, estúpida como todas, en las que veía el declive absoluto de su nación como poder del mundo. La crítica es solo más poderosa porque en ningún lugar menciona, ni de pasada, la guerra de Vietnam. Habla desde una atmósfera caótica de un mundo entregado a la posible locura que la tecnología y la carrera por ser el más apto trae: no en vano, uno de los personajes, el Dr. Burnheart (a quien Moldenke busca a lo largo de la historia), dice en una carta: “¿Cuántas maravillas no habrán sido sepultadas por la Madre Ciencia?”.

Es un mundo en el que todo es falso: las guerras son falsas (o de pega, como dice la buena traducción del libro), los tornados son falsos, al igual que los excrementos de elefante: la vida como la conocemos, es falsa y todo es intercambiable. En uno de los momentos más hilarantes de la narración, un personaje, el señor Bunce, le dice al protagonista: “Si no corrieran malos tiempos, Moldenke, hasta podría amarte. Me incrustaría la vagina artificial para ti. Podríamos beber un par de buenos brebajes y ver un partido de fútbol”.

Es nuestro mundo y no lo es: es el territorio posible que su autor veía para un tiempo no muy lejano al suyo (Ohle está vivo y es profesor en la Universidad de Kansas), un espacio que le debe haber parecido aterrador prever con tanta antelación: “En algún momento se dijo que no había nada qué hacer respecto al clima, luego resulto que sí, luego se hizo demasiado al respecto y ahora está totalmente fuera de control”.

Es una novela escrita desde la imaginación pero que está terriblemente cercana a nuestra realidad: verdad de muchos libros de ficción científica que han servido de oráculos para los tiempos futuros (1984, o Rebelión en la granja, de Orwell). Nos enmarca dentro de una tierra paralela a la nuestra, un lugar perdido y a merced de la trinidad teológica del Estado, el Poder Financiero y los Medios, del CONTROL, como diría William Burroughs, viejo amigo y colaborador de Ohle. Un mundo “veloz para ocultarse en la crisálida y lento para cambiar. La vieja historia”.

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