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Un paraíso inacabado

Francisco J. Escobar reseña la película del director colombiano Simon Brand, Paraíso Travel

2010/03/15

Por Francisco J. Escobar S.

El plano secuencia con el que comienza Paraíso Travel, el segundo largometraje del director colombiano Simon Brand, confirma que, como lo demostraba meses atrás con su ópera prima Mentes en blanco, tiene un ojo bien entrenado y un gran gusto para rodar. El arranque de su filme es prometedor. La cámara (desde el ‘cielo’, en posición cenital) viaja por los diversos cubículos de una sucia pensión neoyorquina a la que llegan Reina y Marlon, los dos jóvenes paisas protagonistas de esta historia. Y el ojo del aparato nos revela los secretos de cada habitación, la miseria, la soledad, el sexo en sábanas gastadas.

Buena introducción. Han hablado las imágenes. Pronto Marlon, que ha seguido a su caprichosa novia Reina hasta esta ‘gran manzana’ –que vista de cerca parece una fruta podrida–, se perderá en la ciudad después de ser perseguido por la policía. Él, que no sabe hablar inglés, que no tiene dinero y que siempre dudó sobre si debía hacer este viaje, se ha quedado solo y medio inválido en este mundo desconocido. “Reiiiina”, grita. “Reinaaaaa”. ¿Qué vas a hacer sin ella?

Y, al igual que en la novela de Jorge Franco (aunque Brand recalca siempre: “Mi película está basada en el libro, pero no lo sigue al pie de la letra”), somos testigos de la incansable búsqueda de Marlon por su enamorada. Una búsqueda que, hecha cine, es una película de altas y bajas, de calenturas e hipotermia. El prometedor inicio de la cinta empieza a disolverse en los primeros minutos del filme por cuenta de las irregulares actuaciones de los dos protagonistas. La joven y bella Angélica Blandón –a quien se le vio en televisión en la serie Vuelo 1503–, que interpreta a Reina (“El papel era para ella”, asegura Brand), luce pasada de chispa, algo sobreactuada; a veces recita sus parlamentos y resulta difícil creerle lo que dice. Aldemar Correa, quien da vida a Marlon, padece al inicio del mismo mal, aunque mientras avanza la cinta va encontrando (sin hallarlos del todo) el tono y la medida de su personaje.

Ellos dos, como protagonistas, tenían la dura responsabilidad de sostener sobre sus hombros el peso del filme, y quizás el peso fue demasiado. Por ahí se agrieta el sólido empaque de esta película que tiene numerosos aciertos. El tema ya trajinado del american dream, que hemos visto en la poco afortunada El séptimo cielo (1999), de Juan Fischer, abordado de otra manera en Visa USA (1986), de Lisandro Duque o en El inmigrante latino (1980), de Gustavo Nieto Roa, no luce desgastado en manos de Brand, quien además filma Nueva York con los ojos de quien realmente lo ha vivido y lo conoce. Es para elogiar lo que lograron su equipo de producción y su director de fotografía (el español Rafa Lluch) al recrear caminos y parajes inhóspitos de Centroamérica –por donde tienen que pasar Reina y Marlon en su expedición a Estados Unidos– en cercanías de Girardot y Villa de Leyva. Deja una grata impresión el papel de John Leguízamo, que le da un tartamudeo inolvidable a su personaje de Roger Peña y resulta por lo menos curiosa la participación de Margarita Rosa de Francisco en plan alcohólica de dientes manchados y terrible faz.

El filme, finalmente, se deja ver sin complicaciones. Pero a las obras de Brand les sigue faltando algo. En su anterior cinta la estructura del relato flaquea en un momento crucial: el final, y en esta, su segunda película, son sus actores principales los que pedían a gritos una mayor orientación (lo desconcertante es que el director dice que con sus actores trabaja de manera ardua). Sin embargo, se agradece, y mucho, que su cine sea eso: cine; cine en toda regla, con historias pensadas para cine, una impecable factura de cine y no historietas de televisión llevadas a la pantalla grande (con el perdón de Dago). Esperamos su tercera película.

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