De repente un toquido en la puerta

¿Un qué en la puerta?

Alberto de Brigard reseña 'De repente un toquido en la puerta', de Etgar Keret.

2013/07/18

Por Alberto de Brigard

¡Ah los traductores! Benditos sean, aunque tantas veces los maldigamos. Gracias en parte a los buenos oficios de Ana María Bejarano, Etgar Keret puede aspirar a superar los ocho millones de lectores mal contados que le ofrece el idioma hebreo, y los hispanoparlantes podemos encontrarnos con un autor divertido e ingenioso, aparentemente muy popular en su país.

Dicho esto, ¿era necesario usar la palabra “toquido”? ¿Qué había de malo con toque, golpe, llamado... hasta aldabonazo? No es un simple capricho de purista. Nada en el texto del buen cuento de Keret que da el título al libro y abre esta colección de relatos sugiere la necesidad de rebuscar específicamente un mexicanismo que suena tan ajeno en otros países, lo que produce (por lo menos a este lector) un incómodo distanciamiento con toda la traducción, tal vez el único obstáculo para el pleno disfrute de esta bienvenida novedad de la editorial Sexto Piso. En honor a la verdad hay que decir que no se encuentran nuevos exabruptos en el resto del libro, lo cual, en cierto modo, intensifica la perplejidad que produce su título.

Los cuentos que presenta Keret en su libro son muy breves (hay 39 en 228 páginas), bastante variados y, prácticamente sin excepción, muy atractivos. Muchos tienen un toque de humor, casi siempre tirando al negro, pero los hay fantasiosos, poéticos, eróticos, terroríficos, o todo lo anterior. En general se desarrollan en el Israel contemporáneo, en las calles de Tel Aviv, en los suburbios de Jerusalén o en los asentamientos de la frontera; los eventos de guerra, el terrorismo y los vaivenes políticos que marcan la presencia de ese país en nuestros periódicos aparecen algunas veces de paso o como telón de fondo, pero rara vez son el núcleo de la narración.

Si bien los personajes y sus entornos resultan familiares, Keret se complace en mostrar realidades ligeramente distorsionadas, introduciendo con gran sutileza toques inquietantes o inesperados en vidas aparentemente ordinarias. Varios de sus relatos recuerdan a Cortázar; como el maestro argentino, el israelí introduce con eficacia el desasosiego en escenas cotidianas y nos lleva a mundos paralelos, algunos oníricos, en donde se pierden las seguridades que solemos encontrar en los lazos familiares, las amistades o la rutina. Así, un hombre reconoce sin sombra de duda a su difunta esposa reencarnada en la perrita de lujo que mima su compañera de compartimento en un tren, otro tiene que aceptar que su vecino de asiento en el avión se anticipe por segundos a decir exactamente la frase que él estaba pensando, y un tercero descubre que su novia solo ha tenido amantes que comparten su nombre, de manera que las exclamaciones del orgasmo dejan de ser románticas y halagadoras para empezar a incomodarlo...

Como ocurre con muchos libros de cuentos cortos, la lectura de De repente un toquido en la puerta no se beneficia de jornadas extendidas, en las que se tiende a desdibujar el carácter individual de estas historias y se mezclan desordenadamente las emociones que despierta cada una de ellas. Leídas una a una, por el contrario, es muy placentero apreciar el pulimento de textos en los que nada sobra y lo que falta lo complementa con gusto e interés la propia imaginación del desocupado lector.

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