Un road trip a la colombiana

Andrés Borda reseña la película colombiana "Retratos en un mar de mentiras".

2010/05/27

Por Andrés Borda

Lo que más miedo da cuando uno ve una película colombiana es que parezca un episodio largo de una telenovela. Ha pasado muchas veces: buenas ideas se pierden en las manos de directores que no les ponen ritmo, ni pausas, ni atención a las historias que tienen con ellos. Hacen el trabajo de productores que creen que una buena idea y actores reconocidos son factores suficientes para que una película funcione.

Retratos en un mar de mentiras, la ópera prima de Carlos Gaviria, con todos los premios que trae encima, podría parecernos, en sus primeros quince minutos, otro de esos errores de nuestra cinematografía. La historia de Marina (Paola Baldión), una desplazada por la violencia que vive con su abuelo, y que tras su muerte se ve obligada a viajar con su primo Jairo (Julián Román) en busca de las tierras que alguna vez le pertenecieron a su familia, parece adolecer aún de la enorme influencia que la televisión ha ejercido en nuestro cine.

Pero apenas Marina y Jairo se montan en el carrito anaranjado dentro del que viajaremos durante el resto de la historia, la película poco a poco toma impulso, sus personajes comienzan a tener más sentido y Gaviria empieza a mostrar el control y el amor que tiene por la historia que quiere contarnos. Por ejemplo: Marina y Jairo viajan por una de esas carreteras de montaña típicas de nuestro país. Jairo intenta que ella le confiese dónde están los papeles de las tierras del abuelo. Marina, en absoluto silencio, mira aterrada el precipicio por el que en cualquier momento pueden caerse. Su primo maneja, y sigue mirándola por el retrovisor. ¿Dónde guardó el abuelo los papeles? ¿Por qué no habla? Su prima mira aterrada el precipicio, y cuando el carro casi se sale de la carretera ella grita. Él reacciona, y vuelve a tomar control. Lo está poniendo nervioso por estar tan callada, dice él.

Cuando la escena termina y respiramos aliviados, nos damos cuenta de que, por tonto que esto suene, esta es la primera vez que una película consigue revivir en nosotros el miedo de andar por una de esas carreteras. Y la verdad es que es muy raro que una película colombiana nos haga sentir algo más que la típica curiosidad perezosa que nos produce la televisión.

Y como esta hay más escenas. Está el combate entre soldados y guerrilleros en el que, sin palabras, descubrimos que Jairo siempre quiso ser reportero y no fotógrafo de plaza. Están los soldados que quieren una foto con sombrero de mariachi. Está la fiesta en el pueblo donde Marina creció y que está poblado de paramilitares. Está el genial momento en el que un soldado entra en un hospital y comienza a dispararles a los chulos que se entraron por la ventana.

Hay también muchos defectos. Están los clichés típicos de nuestro cine, como el retén de una desplazada indígena que nunca terminamos de creernos. La actuación de Paola Baldión, quien sin duda tiene una presencia increíble en la pantalla, flaquea en las pocas veces que habla porque se revela el acento propio de la actriz y no el del personaje (algo parecido a lo que pasó en María llena eres de gracia y el acento gomelo de Catalina Sandino). Pero son más las virtudes. La actuación de Julián Román es impecable, y el dúo con Baldión funciona muy bien. Se siente la influencia del cine alemán, de Wim Wenders y Alicia en las Ciudades. Retratos en un mar de mentiras, al final, cuando nos encontramos recordando sus escenas y sus personajes varias horas después de haberla visto, prueba haber sido una buena película.

Retratos en un mar de mentiras

Director: Carlos Gaviria

Protagonizada por: Julián Román y Paola Bladión

Producida por: Erwin Goggel

Fotografía: Édgar Hill

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