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Un tránsito liberador

Miguel Silva reseña Sálvame, Joe Luis, la primera novela de Andrés Felipe Solano

2010/03/15

Por Miguel Silva

Los periodistas se dividen, usualmente, en dos. Los que se imaginan que son cruzados y piensan erróneamente que en sus manos está la verdad, que llevan consigo la espada de una justicia que es ajena a los asuntos terrenales, y los que preferirían estar escribiendo literatura. Los primeros se toman muy en serio y creen equivocarse poco. Los segundos sueñan con la ficción y sufren con la realidad, con la idea de la verdad: pueden ver sus mil caras. Tienen más preguntas que respuestas. Andrés Felipe Solano, quien ha publicado buenas crónicas en revistas como SoHo, Rolling Stone y Gatopardo, es, sin duda, uno de estos. Quizá por ese motivo, para protagonista de su primera novela, Sálvame, Joe Louis, Solano ha utilizado a un fotógrafo de revista de sociedad y no a un sabueso de investigación judicial.

Como suele ocurrir en la mayoría de las primeras novelas, Solano ha escrito la suya alrededor de escenas que le son familiares. Es inevitable encontrarse con parte del pequeño círculo de periodistas de la capital. Pero el camino que recorre Boris Manrique, fotógrafo de Control Remoto, una mediocre revista de sociales, es el de un antihéroe a través de cuyos ojos vemos una ciudad triste, una gente que se deja fotografiar para verse y ser vista, un mundo frívolo que sigue su curso en una ciudad desalmada que los engulle a todos.

En esto residen las fortalezas de Sálvame, Joe Louis. El antihéroe observa y vive su vida vacía sin convertirla en drama. Existe: he ahí el mayor logro de esta novela. Es un personaje caído en la desgracia de fotógrafo de sociales, un testigo de lo más aburrido de nuestra sociedad, pero que tiene las mismas alas que Felipito, el inolvidable personaje de Mafalda que contaba con una imaginación descomunal. Y a ese pobre hombre le cae encima una tarea liberadora: reemplazar a la psicóloga que respondía las cartas del consultorio sentimental. “Soy la doctora Victoria Zúñiga”, le dice Manrique en perfecto lenguaje de antihéroe a Lucía París, a quien acaba de conocer. He ahí el segundo logro de la novela, de donde surge su única luz de esperanza, las cartas que los ciudadanos escriben a la revista, con sus horrendos dramas personales, con sus babosos sentimentalismos, y las respuestas perfectas de la doctora Zúñiga, en quien Manrique vive una vida un poco más interesante que la suya.

Las debilidades de la novela son otras. El personaje central bebe como un adolescente y a veces piensa también como un adolescente. Sus aventuras amorosas están bañadas en alcohol y son frustrantes. Su mejor cacería termina prácticamente enlagunada.

Todos en la novela son islas que nunca se encuentran, un poco a lo Raymond?Carver, que más que influencia evidente se convierte en tributo de parte de Solano, ferviente lector del genio del dirty realism.

La solución de la trama es divertida. La manera como Boris Manrique escapa a su destino es creativa y su aliado en la huída, el Quijote que finalmente lo convierte en Sancho, Cornelio Zubizarreta, es otro buen personaje de Sálvame, Joe Louis, un avezado periodista de investigación para quien la verdadera cacería está, no en la literatura o en las mujeres, sino en los estafadores, los políticos corruptos y los delincuentes.

Es difícil saber si la obra de Solano seguirá por el camino de los personajes de Carver, solos y tristes o por obras en las que la construcción de personajes revele mayor riqueza emocional. Pero no hay duda de que en la fantasía liberadora de Boris Manrique, en sus cartas de consultorio sentimental, y en general en Sálvame, Joe Louis, Solano ha iniciado el tránsito, también liberador, del periodismo a la literatura con paso firme.

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