Circe (2013), 406 páginas, 49.000

La amistad y el horror

2013/09/11

Por Mauricio Sáenz

Durante dos años vivieron en medio del terror, la inmundicia, las ratas, el hambre, las enfermedades infecciosas, el frío, los maltratos más extremos y la conciencia, siempre presente, de poder morir en cualquier momento. De las doscientas treinta francesas que salieron a la fuerza de París en un tren de carga el 24 de enero de 1943, solo cuarenta y nueve lograron regresar para contar su historia. Pero en ese mundo de la posguerra nadie quería oír a esas mujeres que habían regresado del infierno convertidas en una sombra. Parecían vivas, pero como una de ellas confiesa, en realidad todas habían muerto en Auschwitz.

En Un tren en invierno, la investigadora británica Caroline Moorehead demuestra que la Segunda Guerra Mundial nunca dejará de horrorizar. Esta vez la perspectiva es la de unas personas comunes y corrientes que de mil maneras, a veces hasta casuales, colaboraron en la resistencia contra los nazis y terminaron en sus manos. Entre ellas había una médica, una dentista, cuatro químicas, secretarias, vendedoras de almacén, maestras, campesinas y aristócratas, hasta una niña de quince años cuyo único crimen fue pintar la V de la victoria en la pared de su liceo. Moorehead dedica la primera parte a describir el surgimiento de la Resistencia en una París recién ocupada por los alemanes y golpeada por el fácil derrumbe de su Ejército. A medida que los nazis dejaban sus zalamerías iniciales y comenzaban a explotar a Francia, la chispa de la rebeldía iba tomando fuerza. Sobre todo desde las filas del Partido comunista comenzaron a surgir activistas que al comienzo imprimían panfletos, pintaban grafitis y ayudaban a los judíos a huir, pero pronto comenzaron a tomar las armas. Las mujeres, muchas veces apoyadas en su apariencia inofensiva, jugaron un papel crucial, siempre concientes de los peligros que corrían.

Pero al mismo tiempo, multitud de franceses colaboraron sin restricciones con los alemanes, sobre todo la Policía, que se desplegó para reprimir a sus compatriotas rebeldes. De ese modo, las doscientas treinta protagonistas resultaron presas en la cárcel parisina de Romainville en agosto de 1942. Pronto demostrarían su coraje y, sobre todo, esa capacidad para ayudarse mutuamente que hace de este libro una oda a la amistad femenina. La solidaridad y la calidez que desplegaron en medio del sufrimiento fueron, al final, la clave para que al menos algunas pudieran regresar.

Romainville, con sus penurias, resultaría un hotel de vacaciones al lado de lo que les esperaba. Al ver que la reclusión no había doblegado su espíritu, los alemanes resolvieron aplicarles la política de Noche y Niebla, al enviarlas en un tren para desaparecerlas sin dejar rastro. Destino final: Birkenau, una de las dependencias de Auschwitz, el dantesco complejo de trabajos forzados y exterminio de los nazis.

Sometidas con una crueldad sin límites, las más jóvenes y las más ancianas comenzaron a morir casi inmediatamente: sobrevivir era cuestión de suerte, dar un paso en falso podía ser fatal. Moorehead logra transmitir en detalle la ordalía que tuvieron que vivir esas mujeres a quienes describe sin asomo de sentimentalismo, y como lo que son: personas comunes sometidas a sufrimientos inimaginables. Penalidades que, aunque el libro no lo menciona lo suficiente, ni es fácil imaginarlo, palidecían ante las de los prisioneros judíos.

La historia de Un tren en invierno no es tanto de victoria como de supervivencia, y sobre todo de voluntad. La periodista Marie-Claude Vaillant-Couturier dejó claro que, en buena parte, habían tenido la determinación de sobrevivir para testimoniar lo vivido. Lo hizo al declarar en los juicios de Nuremberg, mientras miraba a los ojos a los responsables de su tragedia, a los emisarios del horror.

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