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Una historia del placer

Mauricio Sáenz reseña el último libro del historiador francés Robert Muchembled, El orgasmo y occidente

2010/03/15

Por Mauricio Sáenz

El historiador francés Robert Muchembled es profesor de la Universidad de París XIII y autor de libros muy celebrados, como Cultura popular y cultura de las élites en la Francia moderna y sobre todo Historia del diablo. Pues bien, acaba de llegar a Colombia su volumen publicado en francés en 2005, El orgasmo y Occidente, un libro que animará el debate interminable sobre las relaciones entre el sexo, la cultura y la sociedad, que tuvo en la obra de Michel Foucault un importante punto de inflexión. Se trata de una historia sexual de “Occidente”, entendido como el conjunto de Europa (Francia y Gran Bretaña, en especial) y su heredera Norteamérica.

Dice Muchembled que desde el siglo XVI las prohibiciones al sexo impuestas desde sus inicios por el cristianismo se convirtieron en normas, no solo provenientes de la costumbre, sino de leyes impuestas por los poderes civiles. Así, cualquier conducta sexual expresada por fuera de la intención de procrear en el lecho conyugal se vio no solo estigmatizada, sino castigada con penas que iban desde la prisión hasta la muerte, como es el caso de la sodomía en el siglo XVII.

Esa represión tiene, en la tesis de Muchembled, el efecto de crear “una tensión interior”, el sufrimiento en el núcleo del placer, aumentado por el riesgo implícito en romper las reglas. De ese modo, el conflicto entre la sexualidad escondida (o no practicada) y los deseos se convierte en el “motor secreto” de la actividad humana. Ese desbalance sublimado, sometido a lo largo de estos siglos a períodos de relajamiento e intensificación de las represiones, explica el “dinamismo general de Europa” y permite entender el papel preponderante de “Occidente” en la civilización tal como hoy la entendemos. La represión del deseo, declara el autor, “es un elemento esencial de la modernidad europea”.

Pero si el cristianismo siempre predicó contra los placeres de la carne obtenidos sin la bendición religiosa, so pena de la condena eterna, Muchembled también observa que el capitalismo trajo consigo su contribución al fenómeno, pues los Estados igual desarrollaron la necesidad de asegurar no solo la obediencia de sus ciudadanos, sino la eficiencia de su desempeño. Para ello, qué duda cabe, la figura de la familia tradicional resultaba la unidad económica perfecta.

El libro transcurre desde los siglos XVI y XVII, cuando comienza a consolidarse la idea del individuo y las prohibiciones vinculan al placer con el pecado, para luego entrar en los ciclos que siguen: el siglo de las Luces, que ve un resurgir del erotismo en la cultura y un relativo relajamiento en los controles, y el período victoriano, que cae como un pesado telón sobre los escarceos de su antecesor. Finalmente llega a la verdadera revolución sexual, la de los años sesenta del siglo XX, cuyas características tienen tanto de prometedor como de inquietante.

Es al final cuando el panorama de hipocresía, sexismo y doble moral del período narrado se ve en su dimensión. Los informes Kinsey de mediados de siglo primero, los de Masters y Johnson de 1966 después, y el Hite, de los años noventa, muestran que la conducta sexual está muy lejos de los estereotipos manejados por la represión histórica. Hacen la revelación crucial de que las mujeres tienen y disfrutan los orgasmos, algo reservado hasta entonces a las prostitutas. Muestran, después de siglos de terror, que los muchachos no solo se masturban, sino que no se degeneran por hacerlo. Y que cantidades insospechadas de hombres y mujeres han tenido alguna experiencia homosexual en sus vidas.

Pero a pesar de todo, como dice el autor, tras la revolución “el modelo rigorista sigue resistiendo en Estados Unidos”, mientras en Europa triunfa el hedonismo. A comienzos del siglo XXI, cuando el equilibrio tradicional basado en la sensualidad vergonzosa y el cuerpo oculto está en crisis, las dos mitades del género humano renegocian su pacto carnal, mientras un tercer sujeto, el homosexual, pide su puesto en la sociedad.

Muchembled percibe este proceso de liberación como una tendencia irrefrenable, pero advierte sobre un futuro incierto en el que el placer sexual, convertido en tiranía, pueda conducir a un narcisismo inmovilista.

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