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Una madame salida del índice

Gabriela de la Parra reseña Memorias de una madame americana, una autobiografía de Nell Kimball

2010/06/30

Por Gabriela de la Parra M.

Memorias de una madame americana es una autobiografía escrita por una prostituta de profesión, que además se convirtió en una mujer de negocios tan hábil como cualquier hombre de su época. Nell Kimball nació en 1854 en una granja del sur de Illinois. Mientras su madre paría un hijo tras otro, su padre se aferraba a la voluntad de Dios, repartía latigazos y “cogía como un visón”. En el campo, el sexo no se esconde. A los ocho años, Nell aprendió que “coger” era tan natural como ordeñar las vacas. Los animales se alborotaban en primavera, sus padres lo hacían a diario, el apareamiento iba y venía. Sin embargo, hacía falta un elemento que Nellie no tardó mucho en descubrir: el placer. La vida podía ser buena y agradable si uno se alejaba de los cuentos del paraíso, el fuego del infierno y la mojigatería circundante. Y así fue. A los quince años huyó a Saint Louis y se inició como prostituta en una lujosa casa de citas, aprendió rápido y adecuó su pragmatismo a la filosofía del burdel: disfrutar el trabajo sin entregarse, fingir los orgasmos y deleitar a los jhons (clientes).

Hasta aquí la historia es reveladora, insuperable en los detalles y bastante crítica, pero uno se pregunta: ¿acaso las putas no desean otro tipo de vida? En efecto, Goldie Brown, como se hacía llamar, se enamoró “del modo anticuado, bobalicón e iluso” del que tanto se protegía. Estuvo casada durante tres años con el mejor ladrón de bancos, cambió su agite rutinario por una vida de “mujer normal” más sosegada, hasta que su esposo cayó muerto y, meses más tarde, a su hijo Sonny se lo llevó la difteria. “Un mal tiro en un juego de dados”.

Pasada la mala racha, Goldie regresó al comercio de la carne. Abrió una casa de citas en Storville, la primera zona roja de Nueva Orleáns, y se convirtió en una de las madames más prestigiosas donde continuó educándose bajo la tutela de sus clientes —políticos, ferroviarios, actores, abogados, comerciantes—, los mismos que se convirtieron en sus fuentes más confiables para hilvanar un retrato imparcial, desparpajado y poco visto de una sociedad que trataba de esconderse bajo la máscara del puritanismo. Esta madame da cuenta, sin tapujos, del bajo mundo que tan bien conocía, de la corrupción, del crimen y de la política (que para ella eran la misma cosa), asuntos que hoy, más de un siglo después, no son nada ajenos ni están tan lejos de nuestra propia realidad.

Tras su retiro forzoso en 1917, año en el que clausuraron los burdeles de Storville, empezó a escribir sus memorias con la esperanza de verlas publicadas antes de su muerte, en 1936. El manuscrito guardó polvo casi 40 años, pues ninguna editorial se atrevió a publicar ni siquiera una versión editada del material, debido a la crudeza del lenguaje y a la franqueza de su narradora, argumentos melindrosos empeñados en disimular la prostitución, el adulterio, las fantasías sexuales, tan reales como la esclavitud y el jazz. Por fortuna, estos testimonios salieron a la luz en 1970 en su primera edición en inglés, y luego Roberto Calasso los publicó en Italia y Hans Magnus Enzensberger en Alemania. La traducción castellana, por su parte, nos muestra una mujer sagaz, incisiva —que aunque no se decide entre la jerga mexicana y las frases propias del español peninsular, defecto que lastima pero que a la larga se soporta—, que vivió el día a día, “hasta el último centímetro de la vela”.

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