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Una mujer con un plan

Juan Carlos González reseña La cambiadora de páginas dirigida por Denis Dercourt

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

La que hoy nos ocupa es la historia de una venganza. Con decir eso no vamos a arruinarles la experiencia a aquellos que no han visto aún la película, pues a los quince minutos del metraje ya sabemos que ese es el objetivo del relato: describirnos un muy meditado ajuste de cuentas. Y no cualquiera, uno que implicó arruinar los planes vitales de una persona joven que ha crecido con amargura, con rabia en el corazón.

Lo que va a hacer el director y músico Denis Dercourt es llenarnos de zozobra. Su protagonista, Mélanie (la actriz Deborah François, toda una revelación) es una joven imperturbable que así como no demuestra nunca sus sentimientos, mucho menos va a traicionar sus propósitos contándonos qué va a hacer. El director sabe que el suspenso es más efectivo que la sorpresa y por eso opta por hacernos esperar y por llenar la pantalla de tensión física, sexual, mental. Él también sabe que hemos visto mucho cine con situaciones similares y que estamos esperando que en cualquier momento haya una catástrofe, algo obvio como un asesinato, un envenenamiento, un accidente premeditado: la típica solución estilo Hollywood. Por eso juega con nosotros. Así, la mayoría de las cosas que creemos que Mélanie va a hacer solo están ocurriendo en nuestras cabezas. Lo de esta mujer es algo distinto, más peligroso, más demoledor. Se aplica una frase de la película inglesa Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949): “La venganza es el plato que la gente de gusto prefiere comer frío”.

Por eso el director le da a Mélanie tiempo, espacio, aire. Él se dedica a contemplarla en su gélida belleza y a mostrarnos el efecto perturbador que causa en esa familia tan culta, tan formal, tan a salvo de todo mal. Vemos cómo ella lentamente va a manipular las cosas a su favor, cómo va a hacerse imprescindible, cómo va a quebrar la voluntad de la qué considera culpable de toda su infelicidad. La tensión del filme es insoportable por momentos pues es casi imposible saber que va a pasar. Por fortuna Denis Dercourt es fiel a lo que ha venido mostrándonos y la película concluye con un golpe tan sobrio como contundente. No hay escenas de violencia gratuitas que lamentar.

Ya alcanzamos a escuchar, sin embargo, a aquellos que van a decir que en esta película “no pasa nada”. Son los mismos que solo responden a la gramática de las balas y la sangre del cine de siempre y que no son capaces de ver más allá de lo evidente, obnubilados por películas que les ahorran el tener que pensar. Lástima. Ellos se pierden el poder disfrutar de una película tan elaborada y tan astuta como esta heredera del mejor Claude Chabrol, el veterano maestro que fue compañero de batallas cinéfilas y alborozadas vanguardias junto a Truffaut y Godard, y quien es todavía el sumo sacerdote del thriller psicológico francés. Su obra fílmica puede verse como una reflexión pesimista sobre el fracaso de los valores de la sociedad francesa en los últimos cuarenta y cinco años, sirviéndose del cine de suspenso y de la crónica criminal –en la mejor tradición de Hitchcock– como elementos narrativos rentables a sus fines críticos, aleccionadores y comerciales. Chabrol es referente obligado a la hora de abordar filmes que, como La cambiadora de páginas (La tourneuse de pages, 2006), hurgan los más oscuros parajes de una sociedad burguesa que parece impoluta en la superficie, pero que esconde muchas grietas tras esa fachada invariablemente feliz. Chabrol puede, si quiere, retirarse tranquilo: su legado está a salvo.

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