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Una oración para Molano

La foto de la portada del libro hace referencia a una de las escenas de la obra. Molano consideraba que eran un momento definitivo en el desarrollo de la historia.

Crítica

Catalina Holguín reseña 'Vista desde una acera' de Fernando Molano.

Por: Catalina Holguín Jaramillo
Publicado el: 2012-09-12

Quizás usted no quiera leer este libro si está buscando un entretenimiento pasajero, si tiene que levantarse temprano, si es de los que dejan los libros fuera del cuarto para que no le contaminen los sueños. Absténgase, amable lector, porque esta es la clase de libro que le meterá lágrimas en los ojos y le hará desear que este joven bogotano, que ya no existe, tuviera la vida que transmiten sus palabras. Mejor no leerlo para no tener que lamentarse por una cruel aritmética: que tanta inteligencia sin adornos y tanta honestidad esté limitada a tres libros.

Me refiero a Fernando Molano, quien se hizo calladamente célebre cuando ganó en 1992 el premio de la Cámara de Comercio de Medellín con su novela El beso de Dick y quien publicó casi antes de morir la colección de poemas Todas mis cosas en tus bolsillos. Su segunda y última novela, Vista desde una acera, publicada quince años después de la muerte de su autor, es una confesión novelada, un texto luminoso y sin disfraces sobre el precio que hay que pagar por mantener un corazón puro en medio de una maraña de estúpidos, sobre el derecho a ser diferente en una sociedad impositiva, ignorante y sin imaginación. La sociedad es la colombiana y su ignorancia se manifiesta en la pobreza de su sistema educativo, la corrupción de sus dirigentes y la falta de compasión.

La novela está narrada por Fernando y su voz traza dos historias paralelas que se encuentran al final cuando Adrián, el novio de Fernando, descubre que tiene Sida. De ese dictamen inicial se desprenden dos caminos narrativos: el primero empieza en la infancia de Fernando, quien describe sin prejuicios el penoso ascenso de una familia numerosa, poco educada y violenta hasta una modesta clase media. Son solo dos los libros que hay en esa casa —las páginas blancas y las amarillas— y es por eso que el niño solitario capa colegio para ir a la biblioteca Luis Ángel Arango a leer. Esta historia cubre episodios fascinantes, como su huida de casa para irse de recolector de café, su breve paso por una célula guerrillera urbana, su primer encuentro amoroso en una bolera y la inesperada noche que Adrián aparece y no se vuelve a ir.

La otra historia que corre paralela es la de la agonía de Adrián y su paso por hospitales donde él y Fernando se topan con los prejuicios de médicos y enfermeras (con la reconfortante excepción de un doctor Martínez), donde el amor llena de alientos y de dignidad a dos muchachos al borde de la muerte que solo querían leer y escribir. Su amor se cifra en los textos que leen, y pervive en los tres libros que alcanzó a escribir Molano, todos basados en su relación con Diego, llamado Hugo en Un beso de Dick y Adrián en esta última. Lo extraño y también lo más hermoso de este libro es que no fue escrito para pavonear lecturas o para exhibir un amor. El libro es las lecturas, es el amor.

Vista desde una acera termina en el exacto punto donde inicia, antes de que muera Adrián, después de que su vida nos fuese revelada. El libro se convierte así en un círculo infinito y sagrado que los protege a ambos de la muerte. Molano lo escribió a mediados de los noventa y lo finalizó apresuradamente en 1997 con los últimos alientos de vida, como aclara Héctor Abad Faciolince en el postfacio que acompaña la edición. Queda implícito a lo largo del libro (y ese silencio es el dardo más cruel y más triste) que la agonía de Adrián es idéntica a la que sufre Fernando mientras escribe el libro que tenemos en las manos: el libro es su nodriza y su mortaja.

El manuscrito, entregado a Colcultura como compromiso de una beca de creación, se pierde y luego de muchos años lo encuentra engavetado en la Luis Ángel Arango una amiga del autor. Una biblioteca: el único templo al que Fernando puede ir a orar en libertad. Que las cenizas de Fernando estén regadas por el Parque Nacional, que el manuscrito haya sido encontrado casi por error y que su familia haya accedido a publicarlo, es la prueba de un milagro ocurrido en Bogotá. La clase de milagros que deberían alumbrar más a menudo esta ciudad.