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Una poesía del desvanecimiento

Juan Felipe Robledo reseña la antología de Elkin Restrepo, Amores Cumplidos.

2010/03/15

Por Juan Felipe Robledo

Una fervorosa defensa de la sugerencia, del trazo suspendido en la ejecución de un movimiento que no acaba de ser, el recuerdo de la presencia invisible del padre muerto en la mesa servida y la cara hundida en la luna blanca para convocar su presencia, el desfile de los actores de la Paramount hablándonos de un mundo de elegancia y deriva, de inolvidables gestos y carcoma que todo lo corrompe, están en las raíces de la poesía de Elkin Restrepo, de cuya verdad y valor da buena cuenta esta antología, Amores cumplidos. Un místico profano, un sonriente ironista, vive en los poemas de este libro, capaz de reflejar una vida dedicada a pescar en la torrentera de las palabras su tenue decir, su cercana perfección de ánfora sin adornos.

Cuentista, profesor de literatura y director de la Revista Universidad de Antioquia y de la Colección de Poesía de la misma universidad, Elkin Restrepo ha creado una obra discreta, sugestiva, honda, capaz de dar cuenta de ese mundo que se nos va de las manos a cada instante, y que deseamos convocar por medio de la palabra para luego volver a verlo yéndose hacia un sitio que no sabemos nombrar sino con elusiva precisión, un mundo que empieza a existir cuando recordamos que es tan fugitivo y voltario como la visita que no pasó del jardín, el título que le dio a su último libro de poemas y que nos sumerge en su mundo de cercana maravilla, aquella que se descubre en lo más trivial y frágil.

El poeta descubre esta magia de la vida que se celebra en su rotunda esencialidad de una manera significativa. Así, en “Embrujo” dice: “Ningún anhelo mejor / que la vida misma. / Ningún sueño más apropiado / que la misma realidad. / Ningún suceso mayor / que un día / en el cual no sucede nada”.

Hay algunos poemas que seguiremos recordando por largo tiempo en este libro, como “Jean-Pierre Léaud (poema encontrado en uno de sus bolsillos)”, “Anita Eckberg”, “Sharon Tate”, “La dádiva”, “En suerte”, “El don”, “De este lado”, “Rango”, “Gesta”, “Petición”, “El lugar vacío”, sólo por citar algunos. Y esta poesía se ha ido adentrando en sus temas, en sus ritmos, en su silencio que es verdad para el corazón. De Retrato de artistas a La visita que no pasó del jardín hay un tránsito de verdad humana y perfección estética que ha ido afinando el entramado sobre el que las figuras convocadas en estos versos se han dibujado de una manera no intencional, casi trazadas por el azar, un azar paciente y sabio lleno de verdad y perfección.

Una poesía del desvanecimiento, de una sensata y también dolorida forma de conocer que no desea la posesión como cara última de la felicidad, sino que deja a las cosas que habiten su sitio, aquel que ellas desean y al que están llamadas, para que el ojo y la voz del poeta den cuenta de un entendimiento que no violenta a la realidad sino que la deja ser en su primitivo esplendor y, sin embargo, canta a la fundamental incomodidad de sabernos no haciendo parte del mundo de una manera natural sino que debemos forzarnos para conseguir esta manera lúcida y luminosa de entender el mundo y las palabras que lo nombran. Este sentimiento ante el mundo se concreta en “Irrupción”, un poema tan poderoso y sugestivo como uno de los últimos que incluye el libro: “¿Y ese alboroto a estas horas / de la noche? / Ríen, parlotean, / hacen tintinear las copas./ Vienen de otra parte / a proseguir aquí la fiesta. / Desde mi cuarto / les oigo su charla insulsa: / Chicas que / se divierten como viejas amigas. / Y como desean bailar / elevan el volumen a la música. /¡El acabóse! / No les preocupa / que en casa el dueño duerma, / Ni que sobre el vecindario / la luna todavía fantasmee. / Se irán como han venido, / pero mientras tanto / Bailarán, charlarán, / pondrán la casa patas arriba, / Ellas, las Musas / en las que el poeta menor descree.”.

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