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Una secuela sorprendente

Mauricio Sáenz reseña el libro de la escritora, crítica y ensayista francesa, El crimen occidental

2010/03/15

Por Mauricio Sáenz

Sesenta y cinco años han pasado desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, una distancia histórica muy corta para entender los intríngulis del mayor cataclismo bélico de la humanidad. Por eso, son muchos los misterios que aún quedan por ser resueltos, sobre todo en cuanto a los intereses transversales de los contendientes. ¿O es que la verdad oficial alguna vez ha considerado con seriedad las razones por las cuales los soldados norteamericanos se impresionaban al descubrir, en el frente de batalla, que los nazis se movían en camiones Ford?

La escritora, ensayista y crítica francesa Viviane Forrester transita en su libro El crimen occidental por esos caminos que buscan develar verdades tan incómodas que han sido sepultadas en el olvido. Y ella escogió uno particularmente espinoso, porque tiene que ver con una tragedia que sigue vigente, como última secuela del horror hitleriano: el conflicto entre los judíos y los árabes por la existencia del Estado de Israel.

Con una documentación impecable, Forrester demuestra que Occidente enfrentó con éxito el proyecto expansionista de la Alemania de Hitler, pero jamás quiso derrotar al nazismo. La prueba está en que aunque los abusos contra los judíos comenzaron en 1933, desde el momento en que el führer alcanzó el poder, los demás países encontraron más cómodo pensar que ese era un problema ajeno. Cinco años después, en 1938, el asunto se complicó con el fracaso de la conferencia de Evian, convocada para acoger a un mayor número de judíos que escaparan de la persecución. De los 33 países asistentes, todos, salvo Holanda y Dinamarca, se negaron a ampliar sus cuotas y a flexibilizar sus requisitos de inmigración.

El mensaje para Alemania era que sus potenciales adversarios estaban listos a criticar el tratamiento dado a los judíos, pero no dispuestos a asumir “el problema” de recibirlos. Y aún en medio de la guerra, los aliados ignoraron las denuncias sobre las atrocidades, y rehusaron apoyar al levantamiento judío del gueto de Varsovia, o atacar los campos de concentración. Ni una vía férrea de las usadas para trasladar a los condenados fue jamás bombardeada. Lo que es más sorprendente, los gobiernos aliados hicieron todo lo posible para convencer a sus respectivos pueblos de que participaban en el conflicto solo para detener el expansionismo alemán y proteger la democracia, pero de ningún modo para defender a los hebreos. Tal era su convencimiento, que probó ser falso, de que el antijudaísmo era prevaleciente en sus países.

Y cuando terminó el conflicto, ese mismo Occidente (entendido como Europa Occidental y Estados Unidos) se alió con el sionismo que buscaba crear desde 1898 un Estado para los judíos, para favorecer la opción de establecerlo en Palestina. Esa región durante siglos había presenciado la convivencia pacífica de los árabes con los pocos remanentes judíos de la diáspora, pero fue considerada al efecto como una tierra sin gente. En adelante, sus pobladores árabes quedarían condenados a redimir con su opresión un crimen en el que nada tuvieron que ver.

De ese modo, el libro demuestra que el sionismo y sus aliados occidentales partieron de una base execrable: que el “problema judío” era tan inevitable como el antisemitismo pues los hebreos no podían asimilarse plenamente, a pesar de que ya habían alcanzado un alto nivel de integración en las sociedades occidentales. Y su conclusión es sobrecogedora: era necesario crear una “patria” para los judíos, por las mismas razones que habían motivado a los criminales nazis a intentar exterminarlos.

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