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Una vida que abre de par en par nuestras propias vidas

Hernán Darío Correa reseña La rebelión de un burgués, del escritor ecuatoriano Jorge Vallejo

2010/02/09

Por Hernán Darío Correa

Este libro continúa la tarea de una biografía generacional que nos debemos quienes crecimos en la segunda mitad del siglo XX, y lo hace con la de quien con su lucidez y constancia nos marcó abriéndonos caminos a pesar de sus propias debilidades. Se trata de un intenso y bello texto pulido a la altura del biografiado, con metáforas tomadas de la realidad: sus últimos días, “viviría, él lo decía y no era un eufemismo, entre el manicomio y el cuartel del ejército” (240), “en un barrio de alta velocidad y muchísimos decibeles” (30). Como todo el país. Es un doloroso testimonio que reflexiona desde “un desafío pasional” (20): asir al amigo “cara a cara”, aunque “sé que toparé más con mis realidades que con las suyas” (24). Tal vez por ello comienza por el final, “el entierro”, diciendo que “murió de saudade” (27), después de “hacerle el quite a la miseria mediante la ensoñación, la lectura, la memoria y la convivencia con sus amores” (35), “soñando con una feérica ciudad, en un exótico país” (34), ahora llevado por “una tribu sedienta y agotada, una montonera de alumnos despistados. El hombre que encabezaba la luctuosa caravana era quien nos había dicho que lo importante no era cambiar de rebaño, sino el no tener pastor” (37).

Sus raíces, en la tragedia: la temprana muerte del padre; en la batalla épica y lírica del siglo: Gandhi, con Fernando González y León de Greiff; en la literatura: el regalo a los catorce años de La montaña mágica (“Tome esto en serio” –61–. ¿Podría haber sido distinto en semejantes fechas nacionales, cuando se vivía como hoy “a lomo de caballos apocalípticos”?, 77); en la compleja impronta familiar y eclesiástica antioqueña (Monseñor definiendo su futuro escolar y su madre acogiéndolo “porque el colegio le quita tiempo para sus estudios” (64); y en las amistades fructíferas de barrio, de bar y de ciudad: Mario Arrubla, Delimiro Moreno, Alberto Aguirre.

El periplo político y el drama personal: el regional del partido comunista dirigido por él y sus amigos; Sumapaz (“se llevó toda su biblioteca a trabajar con los campesinos” –122–); el primer matrimonio y la crisis personal y política: “mostró celos donde no había amor” (124); “muy a la manera estalinista, el secretario del partido era otra clase de Builes” (129). Los deslindes políticos, las publicaciones, la librería La Tertulia (“donde un soldado –Gustavo González– entró a preguntar por Sartre” –126–). Los dos amigos ghost writers de Belisario, A pesar de la pobreza. La estabilidad amorosa (Yolanda –129–). Cali, el psicoanálisis y el florecimiento de su vida personal y pública. Y, ¿extravíos?: “Lo único que tiene importancia en mi vida es el pensamiento, es esto lo que realmente tiene historia” (266). El pensamiento, complejo refugio personal, y al mismo tiempo un arma necesaria en un país ahíto de violencia hasta el punto de asesinar a Héctor Abad, su amigo, candidato que luchaba por “el derecho a la alegría, a la felicidad y a esa maravilla que es la vida humana” (228). En todo caso, siempre, con una entereza ejemplar: en pleno holocausto del Palacio de Justicia, conmueve que atendió su cita previa para hablar sobre “la belleza, la racionalidad, la democracia, la ética, el mito y la ciudad” (220).

La historia de esta vida se cierra sobre nosotros mismos. Con su tragedia, y también con el ejemplo de una profunda existencia que en su deambular por el pensamiento universal y por las tres ciudades del medio siglo: Medellín, Cali y Bogotá, abrió horizontes para todos; y revela el drama de una cultura antioqueña que nos sigue imponiendo sus crueldades, ahora sin las virtudes de quien llevó y enseñó siempre “una fe inmensa en que todo sería logrado, entendido y gozado. En que todo, las sonrisas, las músicas, se volverían claras como palabras. (Cuando) todo parecía un comienzo” (269).

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