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Valioso testimonio

Santiago Rohenes reseña el documental Pecados de mi padre, dirigido por el argentino Nicolás Entel

2010/03/16

Por Santiago Rohenes

La imagen casi legendaria de Pablo Escobar y la reciente celebración del vigésimo aniversario del asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán presagian buenas mareas para el documental Pecados de mi padre, dirigido por el argentino Nicolás Entel. El filme resume la vida del capo desde el apogeo de su poder, a mediados de los años ochenta, hasta su muerte. El gancho en este caso es que la historia está contada a través de los recuerdos de Sebastián Marroquín, el único hijo del narcotraficante, quien reside actualmente en Buenos Aires. Marroquín acordó no sólo compartir los recuerdos de su padre con los documentalistas, sino además darles acceso a grabaciones y videos que han estado en su poder desde la muerte de Escobar.

El gancho es fantástico. Marroquín es un personaje con quien el espectador puede identificarse, y sus sentimientos encontrados con respecto a su padre parecen sinceros. “Nadie puede prohibirnos querer a mi papá”, dice en uno de los primeros segmentos. Y es cierto; uno de los más grandes asesinos en masa que ha conocido Colombia aparece en fotos abrazando sonriente a su único hijo varón. El espectador entiende que el Pablo Escobar que conoció su hijo es muy diferente al que conoció el resto del país.

Entel, que además contribuyó con el guión, entiende perfectamente el conflicto y tiene las herramientas y habilidades necesarias para comunicarlo cinematográficamente. El montaje es hábil y el recuento de la carrera de Escobar es armado con retazos de entrevistas a Marroquín, al hijo del asesinado ministro de justicia Rodrigo Lara, a los hijos de Luis Carlos Galán y al ex presidente César Gaviria, así como numerosas imágenes de archivo, videos y grabaciones telefónicas del mismo capo. La edición de las entrevistas y este acervo documental constituyen la mejor parte de la película. Las entrevistas se alimentan y contrastan unas con otras y la elección de las imágenes es precisa y enriquecedora. Desde entrevistas televisivas con el ministro Lara Bonilla hasta la última llamada de Escobar antes del operativo que acabó con su vida, Entel cuenta la historia conocida por todos de manera entretenida y, sobre todo, efectiva. Un video casero de la hacienda Nápoles realizado por el mismo Escobar muestra, entre tomas de toda clase de animales salvajes, una pancarta donde se lee con ironía contundente: “Aquí respetamos el medio ambiente porque amamos la vida”.

Pero Pecados de mi padre es realmente dos historias. Además de la historia de Escobar está la historia de Marroquín, su misión de reconciliación con las víctimas de su padre y su primer viaje a Colombia desde cuando se exilió voluntariamente, hace más de una década. Estos segmentos desafortunadamente son bastante menos exitosos. Marroquín escribe una carta a los hijos de Galán y Lara (la misma que salió publicada en SEMANA hace un tiempo) y vemos a los destinatarios leyéndola con lágrimas en los ojos. Primero, Rodrigo Lara hijo se reúne con Marroquín en Buenos Aires; después, ¿vendrán también los Galán? ¿Será posible la reconciliación? Una cámara voyerista nos muestra estas reuniones con pelos y señales mientras el narrador nos informa que este o aquel son “momentos históricos”. No es que no sea loable lo que Marroquín está haciendo aquí, ni se trata de restarles importancia a las emociones de los participantes, pero el intento del director de generar esa emoción en la audiencia es transparente y torpe y contrasta con la calidad de otras secciones del documental.

Pecados de mi padre es un documental de factura sólida de un realizador a quien habrá que ponerle atención en el futuro. Sin embargo, y a pesar de las claras fortalezas de los realizadores, recurre a la manipulación emocional de la audiencia buscando una resolución satisfactoria que más bien le resta mucha credibilidad a la totalidad del trabajo. Vale la pena verlo no sólo por la coyuntura, sino porque en el centro del morbo hay mucho potencial y la promesa de que, en otra oportunidad, el resultado final sea mucho más feliz.

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