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Susceptibilidades musicales y vetos

Emilio Sanmiguel se despacha contra la Ministra de Cultura, Mariana Garcés, en su más reciente columna.

2017/09/19

Por Emilio Sanmiguel

Pensaba que eso era exclusivo del medio musical. Pero no estoy solo. Hace años, décadas, quería hablar del asunto. Pero me había faltado el coraje, o me sobraba instinto de supervivencia. Pero en la música los vetos son pan de todos los días: ¡Ay del que se atreva a poner en tela de juicio las ejecuciones de quienes detentan el poder musical! ¡Lo vetan!

Aclaro: no tienen el coraje de advertir “Usted está vetado”, o “Su presencia no nos simpatiza”. Por el contrario, en más de una oportunidad me han explicado “Pero de dónde saca eso, si usted no está vetado” y apenas puede uno responder “Sí, cómo no”.

En el medio musical todos ejercen el veto, con excepción de la Sala de conciertos Luis Ángel Arango, el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, el de Colsubsidio, y por épocas, solo por épocas, la Filarmónica de Bogotá. Les produce urticaria que uno no esté matriculado en el coro de los áulicos.

Reconozco, repito, me había faltado coraje. Pero después de leer a Nicolás Morales, quien denunció aquí cómo el Ministerio le retiró a esta revista la pauta publicitaria (una puñalada trapera dirán muchos), y a Yolanda Reyes, quien hace unas semanas manifestó en El Tiempo que la ministra de Cultura “Se ha ganado la fama de vetar a quienes expresan algo distinto”, pues resolví exponerme a que argumenten que somos unos gorrones de boletas para asistir de balde a sus maravillas. Cuando en realidad es una suerte de compensación, los medios divulgan y hasta exaltan –propaganda gratuita– y luego el crítico reseña. Si es de manera positiva, vaya y venga. Si no, afronte las consecuencias.

La decana de esta práctica es Gloria Zea, que en 1992 vetó a todos los comentaristas porque al unísono censuramos un feroz Don Giovanni de Mozart que presentó en el Camarín del Carmen. Por insistir en criticar las producciones de su Ópera de Colombia me vetó en 1997. Hay que reconocer que persevera, ya son 20 años.

La ministra Garcés es su heredera. Desde que puse en tela de juicio en la revista Semana la estrambótica remodelación del Teatro Colón, que a la final le va a costar al fisco la bicoca de 150.000 millones de pesos, caí en desgracia; y eso que a la fecha no me había atrevido a decir que tampoco les quedó tan bonito como ellos creen, que el interior se ve desposeído, que la escalera de la entrada es mamotretuda y que tal vez el único acierto fue reponer la lámpara de yeso original, como paradójica metáfora de austeridad. Por equivocación, creo, fui invitado a un Macbeth de Verdi, con tan mala pata que el barítono no estaba en su mejor noche…

En realidad las cosas no son tan frívolas. No se trata de aprovecharse de un medio para denunciar la situación personal en el ejercicio de un oficio, que desde luego es antipático. Sinceramente no pienso que las cosas que hacen quienes están en la dirigencia de las entidades culturales salgan mal porque lo hacen deliberadamente; tampoco que las que salen bien, y a veces excelentemente, sean producto de la suerte.

Pero como todas las organizaciones musicales de este país (incluidas las de carácter privado) de una u otra manera devengan recursos directa o indirectamente del Estado, y no se exceptúan ni siquiera las que los reciben de la empresa privada, puesto que de por medio hay un tema fiscal, hay que someterse a esa suerte de escrutinio público que representa, en cierta medida el ejercicio de la crítica

Que tampoco hay que tomársela tan a pecho. No es para tanto. Ya lo dijo en su momento Jan Sibelius: “A ningún crítico le han levantado un monumento”, y a lo sumo, cuando nos equivocamos, pues quedamos en la Historia de los disparates. Claude Debussy, que ejerció la crítica, escribió: “Detesto profundamente los conciertos para piano de Mozart, pero odio aún más los de Beethoven”. ¿Y…?

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