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Viejos fantasmas

Miguel Silva reseña A quien corresponda, una novela de Martín Caparrós

2010/03/15

Por Miguel Silva

La primera vez que leí algo de Martín Caparrós fue al culminar la primera búsqueda de periodistas interesados en escribir crónicas de largo aliento que iniciamos Rafael Molano y yo, para crear los primeros números de Gatopardo, ese proyecto de periodismo narrativo que lanzamos en Semana y que ahora vive una segunda vida en manos mexicanas. Queríamos que un periodista no colombiano escribiera una crónica sobre lo que estaba sucediendo en la zona de distensión, un año después de iniciada. Caparrós andaba por Kosovo. No recuerdo cómo supimos de él, pero aceptó nuestra propuesta. Su artículo, titulado Zona de tensión, acompañó los de Tomás Eloy Martínez, Juan Gabriel Vásquez, Umberto Eco y Juan Villoro, entre otros.

Allí conocimos a Caparrós, argentino de enorme bigote como de explorador británico en Kenya, quien sería siempre un generoso colaborador de la revista. Hoy, según dice la nota biográfica publicada por Anagrama, tiene unos veinte libros publicados.

A quien corresponda es la primera novela que leo de Caparrós. ¿Se permite eso en el arte de la reseña? Supongo que está bien, que haber leído como lo he hecho, muchísimas crónicas y artículos periodísticos suyos me permite tener algún contexto sobre su obra periodística que debe ayudar a leer su novela.

Lo primero que habría que decir sobre A quien corresponda es que es una novela policíaca. Bueno, en realidad no lo es, no es una novela policíaca, aunque tiene algo de eso. La preparación del caso policial es apenas un trasfondo: la novela ocurre mientras se enreda esa trama policial, pero es otra cosa. Allí hay una búsqueda infructuosa del sentido de la vida. Está bien, no sé si infructuosa porque el truco del final del libro ayuda a pensar que quizá no lo sea tanto.

Caparrós escribe la historia de Carlos Julio Fleitas, argentino militante de la izquierda que vivió la represión de los setenta y que perdió en ella a su esposa y a su hijo. Sin brújula, su vida llega hasta el momento en el que ocurre la novela, treinta años después, sin que nada interesante ocurra en ella. Carlo, Colo como lo llaman sus amigos, no hizo nada. Pero tampoco se vendió en el proceso que llevó a la militancia de los setenta al poder en el siglo XXI, es decir a quienes gobiernan la Argentina actual. Es un fracasado, quien puede hacer el juicio severo a los que perdieron antes y ganaron años después, y que fracasan de modo alarmante en la construcción de un país más justo.

Pero su proceso de reflexión aparece fuera de lugar, fuera del tiempo. Como si hablara con fantasmas. Imagino que esos diálogos sobre la dictadura y la Argentina actual conmoverán a los lectores argentinos. Un lector como yo, alejado de esa realidad, se aproxima a ellos buscando hilos que unan esa tragedia con nuestra tragedia. Pero es como si todo estuviera al revés, porque allí empezaron los dictadores militares y terminaron en el poder las víctimas, juzgando a los militares, y aquí nada es claro porque la nuestra ha sido una guerra poblada únicamente de antihéroes y capaz que solo estamos en el intermedio.

Aún a pesar de las distancias, se avanza por el libro de Caparrós porque es un maestro del diálogo y porque la tortura interior de Colo y su especulación constante sobre la manera como murieron su mujer y su hijo lo mantienen atrapado.

En su búsqueda, el personaje principal les abre paso a los verdaderos antihéroes de la novela, los que torturaron, los que confesaron a los que torturaron, los que hoy están en el gabinete y eran militantes y ahora, desde el poder, alimentan sus vasos comunicantes con los verdugos de ayer y los de hoy y los de mañana. Debería ser menos críptico, pero arruinaría una buena lectura.

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