Portada del último disco de Joaquín Sabina.

Vinagre y rosas para la canción

José Alejandro Cepeda reseña el último disco del español Joaquín Sabina, Vinagre y rosas.

2010/03/16

Por José Alejandro Cepeda

Joaquín Sabina (Úbeda, 1949) lleva más de 30 años en el azaroso oficio de lograr escribir una buena canción. Una tarea que otros –con el magnánimo apellido de cantautores– como Dylan o Cohen en lengua inglesa, Silvio Rodríguez o Zitarrosa en Latinoamérica o Serrat y Aute en la propia España, emprendieron con éxito. ¿Y qué es una buena canción? En palabras que el mismo Sabina cita, “una buena letra, una buena música, una buena interpretación, un buen sonido y algo más, que nadie sabe lo que es pero es lo único que importa”. Con ese rasero podemos juzgar su décimo quinto álbum en estudio, que bajo el certero título de Vinagre y rosas, en lo bueno y lo malo, lo define.

Vinagre. Sabina ha sabido construir a partir del desatino. Un universo de perdedores es su protagonista desde su tardío y melodramático debut –Inventario (1978)–, brillando más la poesía que la narración. Más aún la habilidad del versador que se nutre de la copla, el soneto y la intuición: una herencia consciente que va de Quevedo a José Alfredo Jiménez o de Alberti a Georges Brassens. Calles, cafetines, mesas de billar, trenes, mujeres desafiantes y hombres autoindulgentes resuenan en un repertorio que no solo ganó reconocimiento español (fue incomprendido en tiempos de la moderna movida madrileña o despreciado por guarro y hortera), sino americano, incluyendo tardíamente a Colombia gracias a una ranchera. Y así como tiene álbumes excelsos –Malas compañías (1980) o su obra cumbre 19 días y 500 noches (1999)– posee otros muy mal grabados (como le sucede a Serrat que llegó a caer en las garras de teclados brillantes y arreglos para baladistas en los ochenta). Vinagre y rosas se sitúa en un punto medio. Tiene fondo pero le cuesta arrancar. Le falta más del algo más. Por más que el poeta sane al músico y escriba junto a literatos como García Montero o Benjamín Prado desde Praga, la espontaneidad no reina, incluso con al apoyo del grupo de rock madrileño Pereza. ¿O es que hay que obligatoriamente oír el disco mientras se leen las letras? Por eso es tan difícil escribir una canción.

Rosas. Sabina ha recuperado, sobre todo con aquellas letras y alejándose de la tentación de pretender ser un cantante, dignidad para el género. Imágenes suyas gozan respeto (Caballo de cartón, Princesa, Peces de ciudad), sumando la ayuda desde los noventa de Pancho Varona y Antonio García de Diego para no dejarlo caer en un pozo seco por cuenta de los excesos de la fama, musicalizando sus ideas. Han sido curiosos y recordado que la canción en el fondo tiene que defenderse sola –con guitarra o piano–, y que da igual si es tango, saeta, rock o una pieza folk. Por fortuna esa dignidad cantautoril sale a flote en pasajes como Viudita de Cliquot, Ay! Carmela (para una de sus hijas como en Alivio de Luto, 2005) y, sobre todo, en Violetas para Violeta, que retoma el mito chileno de Violeta Parra y nos devuelve a la Guerra Fría y los sectarismos de izquierda y derecha, aunque el propio Sabina sea el primero en no haber caído definitivamente en ellos como varios de sus colegas.

La gran ventaja y el mayor problema del Sabina que habita Tirso de Molina en pleno centro de Madrid, entre una selecta biblioteca, sombreros y fotografías con cuanta persona famosa admire, es –como señaló el crítico Diego Manrique– que su personaje favorito sigue siendo él mismo. Enhorabuena, aún tiene la capacidad de hacernos reír.

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