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Vindicación de la geografía

Marta Ruiz reseña Sociedad abierta, geografía y desarrollo, de Santiago Montenegro

2010/02/09

Por Marta Ruiz

A la geografía se la culpa de cosas terribles. De que la guerra en Colombia se haya prolongado medio siglo, de la ausencia de Estado en medio país, de la falta de unión de los pobres y hasta del espíritu provinciano de nuestros gobernantes y elites. Sin embargo, que la mayoría de la gente se haya acostumbrado a vivir en montañas que parecían inquebrantables y más de la mitad del país sea todavía selva inhóspita tiene sus ventajas. Así lo argumenta Santiago Montenegro en su libro Sociedad abierta, geografía y desarrollo. Se trata de ocho ensayos que aunque abordan diversos aspectos de la economía política, tienen un hilo conductor: la geografía.

Lo novedoso del libro es que Montenegro introduce al análisis sobre el desarrollo esta variable tan olvidada por académicos de todas las disciplinas. Argumentos que se desarrollan particularmente en el segundo capítulo del libro. En esta sección el autor asegura que la fragmentación territorial y la dispersión de la población han sido fuente de fortaleza para las instituciones y ha propiciado un juego de equilibrios de poder.

A partir de la geografía explica, por ejemplo, la ausencia de populismo en la historia de Colombia y, en consecuencia, la estabilidad macroeconómica del país. La fragmentación regional, dice, debilitó las posibilidades de una unidad de las clases sociales alrededor de proyectos políticos nacionales. Tan divididos como las elites, han sido los movimientos sociales.

Montenegro cuestiona las ideas fijas e inmóviles que hay en la mente de muchos colombianos y que se repiten sin beneficio de inventario; frases como “la ausencia del Estado” o “la falta de democracia”, que no sirven para explicar la complejidad de los conflictos del país. El autor se encarga de demostrar que nuestras instituciones gozan, milagrosamente, de muy buena salud. Y que ese milagro puede explicarse en buena medida por la geografía. Para demostrar su tesis, Montenegro recurre a un modelo de regresiones matemáticas donde compara a varios países de América Latina. Pero al lector le queda faltando más de evidencia empírica para adherir a la tesis del autor.

Contra ella, conspiran realidades tremendas como la persistencia del conflicto guerrillero, la corrupción galopante en las regiones y la captura de la política y la vida pública por sectores de los paramilitares y el narcotráfico. Temas que apenas se tocan de manera tangencial en el libro.

En los ensayos más recientes, que escribió mientras fungía como director de Planeación Nacional, el Montenegro funcionario se sobrepone al Montenegro académico. En diversos apartes, muestra un denodado optimismo por el efecto que la seguridad democrática ha tenido sobre las regiones y sobre la economía. Subvalora el daño que éstas han logrado hacer y se lee entre líneas que los considera asuntos ya superados.

En la parte inicial del libro se destaca su apasionada defensa del pensador y científico liberal Karl Popper, en un nítido ensayo teórico que introduce hasta al lector más lego en los debates contemporáneos de filosofía política.

El tercer capítulo se dedica a temas sectoriales, entre los cuales tiene particular importancia el café. También allí la variable del territorio es central. El autor cuenta cómo la geografía de la zona andina propició el minifundio y éste, a su vez, la agremiación de miles de cafeteros en la Federación Nacional, un organismo que por décadas fue la columna vertebral del desarrollo del llamado viejo Caldas. Un modelo único en el mundo que ha sido estudiado incluso por analistas internacionales. Montenegro muestra el contraste de la experiencia positiva que tuvo el país con el auge del café, con la que se vivió en los años noventa con la bonanza petrolera, que estuvo lejos de ser aprovechada para el desarrollo en las regiones productoras.

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