Peroratas, de Fernando Vallejo

Vitriolo para todos

Mauricio Sáenz escribe sobre las Peroratas de Fernando Vallejo

2013/06/14

Por Mauricio Sáenz

La novedad de Fernando Vallejo en el mercado colombiano no lo es tanto, pues Peroratas es una compilación de textos cortos escritos por el antioqueño desde 1996. Algunos de ellos son discursos o conferencias dictados para aceptar un premio, presentar un libro o participar en un encuentro, y los demás son artículos para periódicos y revistas, entre las que descollan por la frecuencia SoHo y El Malpensante.

Aquí aparece el autor de La Virgen de los sicarios en su faceta panfletaria, y a fe que no decepciona ni a sus amigos ni a sus enemigos. Esta especie de manifiesto vallejano tiene todo lo que él mismo ha convertido en su evangelio: la iconoclastia inteligente y la crítica a la incapacidad de la gente para ver más allá de sus narices en un mundo marcado por la hipocresía y los estereotipos. Pero también el insulto procaz, la grosería descarada, el dicterio desafiante, la obscenidad impúdica.

Es, en fin, Vallejo en su salsa, el escritor a quien es posible amar hasta el delirio y odiar con pasión. Por supuesto es divertido, y es fácil estar de acuerdo con la mayoría de sus críticas. Pero el libro deja en claro dos cosas sobre su autor: una, que su capacidad de conmover comienza a cansar a medida que las palabrotas se van repitiendo y el lector siente que está frente a una persona que cree que por gritar tiene más razón. Y dos, que el ideario de Vallejo está compuesto por unos cuantos temas claves que repite una y otra vez.

Sus odios: a la reproducción humana, “no un derecho, un atropello” que saca a los hombres de la nada, de donde nunca debían haber salido. A las madres, “lujuriosas sexuales”, incluida la suya, que tuvo veinticuatro hijos, “una máquina vesiánica de parir”. A Dios, (siempre así, en mayúscula), que no existe “por imposibilidad ética”. Y, por supuesto, a la Iglesia católica, “el rebaño-jauría de ovejas carnívoras”, con su jefe el Papa, ese anciano trasvestido que incita a la reproducción.

Otros odios son más interesantes, como el que profesa a los novelistas que, como García Márquez, incurren en el supuesto pecado de ser narradores omniscientes, que escriben hasta los pensamientos íntimos de sus personajes en el lecho de muerte. Y en particular el que le tiene al propio Gabo, al que dedica dos capítulos de ataques personales y literarios, mejores los segundos que los primeros.

Las animadversiones, por supuesto, son tantas (a Darwin, a los políticos, a los militares, a Colombia), que comentarlos todos dejaría por fuera a sus amores. Entre estos, el primero y más mencionado es el que siente por los animales, aunque es imposible no decepcionarse cuando solo incluye a los que tienen un sistema nervioso como el nuestro. El segundo es el que siente por el gramático Rufino José Cuervo, un hombre obsesionado con desentrañar los entresijos del castellano y una especie de álter ego del antioqueño.

Vallejo llega al éxtasis de afirmar que, ejerciendo la potestad de canonizar que atribuye solo a él mismo y al Papa (siempre en mayúscula), porque ambos son infalibles, canoniza a Cuervo, como hizo “el año pasado” con Cervantes en Berlín. No es la única vez que Vallejo deja implícita (y a veces casi explícita) su dualidad frente a esa religión que dice tanto odiar. Como cuando dice por ahí, de pasada: “Dios no existirá, pero hay que respetarlo”.

En fin, ese Vallejo, que ha sido adecuadamente descrito como un “anarquista católico”, el mismo que se ha entronizado como el papa de la vulgaridad, intocable para muchos detrás de sus sagradas procacidades, termina ladrándole a la luna. Como siempre, lo hace brillantemente, aunque copiándose a sí mismo, corriendo el riesgo, corrido por tantos antes de él, de convertirse en su propia caricatura.

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