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Vivir en un pequeño mundo

Juan Carlos González reseña Al otro lado, una película dirigida por el alemán Fatih Akin

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

¿Recuerdan la famosa teoría de los “seis grados de separación”? Además de ser el nombre de una floja película dirigida por Fred Schepisi, se refería —palabras más o menos— a la posibilidad de que cualquiera de nosotros pudiera estar conectado con otro ser humano por medio de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco eslabones. Esto es, que así no lo sepamos, esa persona desconocida que vemos en la calle puede ser amigo o pariente de un amigo o pariente nuestro. Y que solo es cuestión de indagar para encontrar los lazos comunes. Algunos ven en esto no más que una leyenda urbana, pero estudiosos de la psicología y de las redes sociales le han dado trascendencia y méritos.

Algo de esa teoría se desliza en Al otro lado (Auf der anderen Seite, 2007), la película del realizador, actor y guionista alemán —de ascendencia turca— Fatih Akin. Los filmes corales de historias cruzadas donde el azar cambia el destino de los protagonistas se han popularizado —Amores perros, Crash, Babel, por citar solo tres ejemplos recientes— quizá porque su construcción argumental compleja los hace atractivos para los jurados de festivales y concursos de cine, que ven ahí valor artístico digno de premiar.

Al otro lado no fue la excepción. Su guión ganó en Cannes y obtuvo también el Premio Europeo de Cine, confirmando el éxito de esta tendencia que pone en colisión (¡crash!) la vida de seres aparentemente no relacionados, cuyas acciones van a influir —por lo general negativamente— sobre la vida de los otros. En estas películas el guión es muy estructurado y calculado para así poder introducir giros y vueltas de tuerca que lleven la historia por rutas aparentemente inesperadas que van a desembocar al final en un cruce de caminos donde todos confluyen, por más lejos y despistados que estén.

Fatih Akin está al tanto de esta convención genérica y por eso decidió contradecirla. Las historias de Al otro lado no van a confluir. Los múltiples personajes están relacionados de manera sorprendente y trágica, pero no lo saben. Y nunca van a saberlo. Eso no importa, eso es algo anecdótico, digno de la teoría de los seis grados mencionada, pero que en términos argumentales carece de peso. Es más, el director ha decidido más bien estructurar el filme como una carrera de relevos, donde cada personaje le pasa el testigo a otro. La narración se concentrará a partir de allí en ese personaje y solo volverá a los otros tangencialmente.

Y con cada uno de esos protagonistas (uno de los cuales es la ya madura y siempre talentosa Hanna Schygulla, la actriz favorita de Fassbinder) el filme emprende un viaje autónomo teñido de soledad, silencios, rabia y dolores, con el marco de las relaciones no siempre fáciles entre Alemania y Turquía —las dos patrias del director— en el fondo. Hay dos muertes absurdas (¿cuál no?), hay historias que deben volver a empezar de cero, hay destierro, prisión, amores obsesivos (¿cuál no?), resignación generosa, redención.

Lo que siente Fatih Akin por estos seis personajes (tres parejas de padres e hijos) es una enorme compasión. Retratados con sensibilidad, cercanía y ninguna prevención, los pone frente a situaciones de profundo dolor, pero les da el valor para levantarse, seguir andando así sea a tumbos y al final tener fuerzas para poder esperar pacientemente frente al mar el momento de mirarse otra vez a los ojos, con suerte estrecharse la mano y pensar que, pese a todo, el perdón es posible en este pequeño mundo que nos tocó vivir.

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