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Voces de Chernóbil

Marta Orrantia reseña Voces de Chernóbil de Svetlana Alexievich Siglo XXI, 2006 284 páginas

2010/03/15

Por Marta Orrantia

En la madrugada del 26 de abril de 1986 explotó uno de los reactores nucleares de Chernóbil, cerca de la frontera bielorrusa. El desastre tardó varios días en llegar a oídos de Occidente, y aun así, la información que nos llegó estaba fragmentada. Cuando la periodista Svetlana Alexievich escribió el libro Voces de Chernóbil, crónica del futuro, varios años después, se hizo evidente que la información también les llegó fragmentada a los campesinos que vivían en la zona, a los soldados que trabajaban recogiendo desperdicios tóxicos, a los periodistas que cubrían la noticia en Rusia. A través de testimonios, monólogos más bien, de sobrevivientes que trabajaron en Chernóbil; de gente que ha regresado a sus hogares junto al reactor porque prefieren la muerte por radiación a la muerte por tristeza; de madres adoloridas que ven a sus hijos debilitarse cada día; de refugiados de otras guerras que han encontrado en Chernóbil un infierno menos grave que aquél del que escaparon, Alexievich crea un retrato de los llamados “hombres cajas-negras”, aquéllos que con su exposición a la radiación están dejando un testimonio histórico de su vida y de su muerte. Estas personas, a quienes el Estado había prohibido hablar, ya no tienen nada que perder, y son capaces de contar la verdad, lo que vieron, lo que viven. Hay que tener hígado para leer tantas crónicas terribles sin llorar. Hay que entender cómo funciona el coraje ruso, la unión frente a la adversidad, los vestigios de un comunismo férreo que los obligaba en ese entonces a actuar por su país y no a seguir sus intereses privados. Los hombres y las mujeres que dejaron su vida en el reactor fueron alabados como héroes y luego olvidados por un Estado que, de tanto ocultar la tragedia, terminó ocultándosela a sí mismo y archivándola para siempre. Hay que entender también el apego por sus aldeas, el amor por sus bosques. Entender el temor a las guerras, el único referente que el pueblo ruso tiene de algo similar, porque a lo largo del libro compara Chernóbil con una guerra, busca un culpable, un enemigo que lo aniquile de frente, tangible, y no un gas invisible que lo matará por generaciones sin que el pueblo, los heroicos rusos, pueda defenderse. El libro de Alexievich es, en efecto, el futuro. Pero no un futuro esperanzador. En los campos de Chernóbil crecen silvestres las manzanas. En sus bosques vuelan los pájaros y caminan los alces. Pero en tanta vida se esconde el terror, la desconfianza, la muerte silenciosa y, sobre todo, la tristeza.

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