Los campos del honor

Volvernos a sorprender

Alberto de Brigard reseña para Arcadia, 'Los campos del honor' de Jean Rouaud.

2014/03/21

Por Alberto de Brigard

 

 

 

Una historia como la de la aparición de Los campos del honor en 1990 es, probablemente, el sueño de los escritores novatos de todo el mundo: un manuscrito con una firma desconocida que llega por correo en un sobre de manila a una editorial prestigiosa, un editor aventurero que decide su publicación, inmediato y rotundo éxito de ventas domésticas, obtención del premio literario más prestigioso del país y rápida traducción a más de una docena de lenguas; en este caso hablamos de Francia y del premio Goncourt. Sin embargo, todo ello parece no ser suficiente para asegurar el interés duradero de los lectores en esta época en la que hasta los libros más vendidos desaparecen de las vitrinas de las librerías casi tan pronto como los zapatos de penúltima moda de las tiendas, por eso las editoriales tienen que renovar incesantemente sus apuestas. La serie Otra Vuelta de Tuerca es el mecanismo que Anagrama escogió para volver a presentar este estupendo libro, que no merece ser olvidado.

Jean Rouaud atendía un kiosco de revistas mientras escribía su libro, que es un homenaje a quienes él llama en otra de sus obras la trinidad trágica de mis once años: su abuelo materno, su tía Marie –última representante de la generación de su abuelo paterno–  y el primero de todos, su padre; todos ellos muertos en el trascurso de un mes de 1963. Esta es una de esas obras de género indefinido entre las memorias, el ensayo y la ficción, que recuerda los mejores títulos de W. G. Sebald, aunque en este caso la melancolía pesa menos, gracias a una visión irónica del pasado  pero llena de cariño y humor.

Quizá la figura central del libro es la tía Marie, una maestra de escuela solitaria, beata hasta la excentricidad, que desempeña un papel insospechadamente importante en una familia que en realidad nunca se da cuenta del espacio neurálgico que ella ocupa en sus vidas. Muy adelantado en el relato el lector encuentra que los campos del honor a los que hace referencia el título fueron los mataderos de la Primera Guerra Mundial, donde desaparecieron dos de los tres hermanos de Marie en hechos que aceleraron la vejez de esta mujer y detuvieron para siempre su memoria y sus afectos en las primeras batallas posteriores a la invasión de Bélgica. Es imposible no admirarse por la fluidez, la ternura y la humanidad de los capítulos en los que Rouaud imagina el sufrimiento de los soldados en la batalla de Ypres, famosa por haber agregado las armas químicas a los incontables horrores de la guerra. La peregrinación de su abuelo para recuperar los restos de su hermano, cinco años después del armisticio, es otro de los momentos que permanecen en la memoria de su familia y pasa directamente a la de los lectores.

Alrededor de las anécdotas trágicas pero sencillas de la familia, Rouaud entreteje reflexiones sobre la región del Loira, donde nació, y el proceso de modernización que vivió esta parte de Francia a partir de los años cincuenta. El escritor registra los cambios en el paisaje, los hábitos y las ocupaciones de los campesinos y pequeños comerciantes de los pueblitos de la zona, con una mirada socarrona pero nostálgica y afectuosa que no idealiza el pasado pero lo valora, aceptando sus deficiencias.

En su libro, Rouaud nos aproxima a sus personajes como solo logran hacerlo los grandes narradores; nos convertimos en sus vecinos, reconocemos sus particularidades y, sobre todo, encontramos que los campos del honor no siempre figuran en los libros de historia y que hay seres cuyo mayor mérito es mantener a raya grandes derrotas hasta el último instante de la vida.  

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