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...Y no se raja

Jaime Andrés Monsalve reseña El Mariachi de Jesús Jáuregui

2010/03/15

Por Jaime Andrés Monsalve B.

No hace falta sino echarle un par de ojeadas a su contenido, al completísimo compendio fotográfico e iconográfico que presenta en sus más de 400 páginas, para quedar maravillados ante cientos de imágenes sepia de hombres y mujeres armados de guitarras y violines, provistos de unos gestos que parecen súplicas por abandonar el papel y entonarse un guapango. Más allá de esos detalles que enamoran a primera vista, tras la lectura la estupefacción es mayor: El Mariachi, monografía del jalisciense Jesús Jáuregui acerca del nacimiento y la evolución del más popular de los formatos sonoros extranjeros en Colombia (no digamos ya en México), inicia exponiendo una realidad que, si no fuera tan ampliamente latinoamericana, asombraría: el hecho de no existir, antes de esta investigación de 25 años, una bibliografía seria sobre estas agrupaciones.

El porqué de tal descuido antropológico acaso sea la omnipresencia del mariachi en la vida cotidiana del mexicano. Está tan visto y oído que sobra su exploración. En palabras del autor, “ha llegado a ser como la tortilla de maíz en nuestra culinaria: un elemento cuyo sabor en las fiestas se da por entendido y no se considera pertinente mencionarlo en el menú”.

El origen de la investigación es tan mágico como las descripciones e imágenes que encierra. En 1975 el autor, doctorado en Antropología, debía aplicar una encuesta a familias tabacaleras del pueblo de Playa de Ramírez, en el occidental estado de Nayarit. Sucedió que en lugar de entrevistar al campesino que le correspondía por asignación, habló con su padre, un viejo mariachi que se encontraba de luto perpetuo hasta la llegada del investigador, con quien terminó de juerga al ritmo del son jarocho. Dato anecdótico, sí, pero lo suficientemente conmovedor como para entender el posterior peregrinaje de Jáuregui por centenares de poblados recreando la aparición de los músicos y las melodías que conformaron los repertorios más mexicanamente posibles, si cabe el adverbio.Fueron años de escudriñar por cantinas, villorrios, mercaditos de pulgas e incluso bibliotecas, para desembocar en esta publicación, cuyos prolegómenos tienen lugar en las décadas posteriores a la Revolución. De allí surgen las primeras noticias que hablan de un tipo de agrupación conformada por guitarras, arpa y violín llamada mariachi o mariache, así como la referencia brindada por el general Ignacio Martínez en 1884 según la cual tan sonora palabra nace del galicismo mariage, matrimonio, celebración en la cual la concurrencia de un grupo musical de esas características era necesaria.

Pero hay más. El Mariachi ahonda en la aparición de los músicos primigenios, sus herederos, la transmutación del mariachi exclusivamente guitarrero en el pintoresco formato que hoy conocemos. Y, por supuesto, también está la confirmación de noticias que muchos dábamos por descontadas. “El gran centro del mariachi en Suramérica es Colombia”. Para agregar: “En Colombia se ha desarrollado un sector comercial del género mariachero para telenovelas y discos e, incluso, las Farc tienen un mariachi que difunde sus gestas por vía de los corridos”. Curioso aval de esta sucursal de lo mero macho en donde sones y rancheras vuelan en una fonda paisa, en un entierro o serenateando a un político con orden de captura y refugiado en una embajada con miras a exiliarse.

No hay que preguntarse cuál debe ser la banda sonora que debe acompañar la lectura de esta maravillosa monografía, ni cuál el aperitivo a servir.

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