Zorzal gitano

José Alejandro Cepeda reseña "Cigala & Tango" de Diego El Cigala.

2011/05/03

Por José Alejandro Cepeda

Como si fuese una caravana gitana en busca de un buen negocio, El Cigala, el cantaor flamenco de mayor reconocimiento de la última década, se afincó junto a sus músicos y su hijo Rafaelito (también de voz precoz) en una casona del número 938 de Corrientes en Olivos, Buenos Aires, donde tras semanas de ensayos y una pequeña gira argentina preparó su asalto definitivo al tango, esta vez en el 857 de la famosa calle del mismo nombre en la que se sitúa el teatro Gran Rex. Levantada la carpa el legado es un álbum en vivo (audio y video) que lo ratifica como la voz iberoamericana de mayor proyección.

 

¿Alguien creía hace quince años que lo más cercano a un crooner —como llaman los anglosajones a los versionadores consagrados de clásicos apoyados en orquestas o músicos de jazz— en castellano sería un gitano madrileño, puesto a punto en el popular mercado de El Rastro? Pocos, menos Julio Iglesias y aquellos que se dedicaron décadas a vivir de las canciones antes que aportarles algo. Esa es la diferencia con la pléyade de baladistas que lo precedió: que su mérito no es solo su interpretación, la de un caudal de voz insondable y un fraseo ilimitado, sino un mundo antes despreciado, el del flamenco. Terminó de internacionalizar un género que artistas como Camarón de la Isla (1950-1992) o Paco de Lucía consagraron, y el que figuras como la familia Carmona del grupo Ketama fusionaron con el pop. Pero lo suyo, más que fusión, es hacer flamenco lo ajeno, como lo atestiguó su magnífico dúo con el veterano pianista cubano “Bebo” Valdés.

 

Aquí va a la fija y se arriesga a la vez. Acudiendo a un repertorio, asociado a mitos como Carlos Gardel y Alfredo Le Pera y que ya pasó la prueba del tiempo, actúa como un modelo que viste prendas ajenas. Algunas le quedan grandes, otras ajustadas y, por fortuna, varias se le ven estupendas. Entre las primeras El día que me quieras o la mismísima Alfonsina y el mar (quizá la canción más hermosa en español), donde no empareja ese tono de blues necesario que une al flamenco con el tango. Entre las segundas, con apretones en los arreglos, Las cuarenta o Nostalgias se salvan por su voz y el carisma que brilla con solo mostrar su sonrisa y sus palmas desde el escenario. Lo bueno radica en lo que le va bien: temas desgarradores como Soledad con la estupenda guitarra del folclorista Juanjo Domínguez; Los hermanos de Atahualpa Yupanqui, donde Andrés Calamaro (quien ofició de anfitrión por su vieja amistad madrileña) hace una segunda voz que ratifica el homenaje a la libertad de la letra sin intentar opacar. La mayor prueba es Youkali de Kurt Weill, que deriva en el vanguardista Libertango de Piazzola. Pura libertad.

 

Diego El Cigala

Cigala & Tango

Universal, 2010

$46.900 CD +DVD

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