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Aquel verano

Portada Arcadia 85.

Editorial Nº. 85

“Antes, América Latina era un mercado incierto, con monedas inestables. Ahora, parece Suiza”.

Por: Revista Arcadia

Publicado el: 2012-10-30

Era el año 1992. España estaba en la cima de la gloria. El dinero blanco corría por los bancos como agua por los caños y el dinero negro corría por las calles como agua por las cañerías. Los Juegos Olímpicos en Barcelona fueron la excusa perfecta para una profunda reingeniería de la ciudad, y se convirtieron en la carta de presentación internacional de la España democrática. Su éxito fue monumental y fueron declarados los mejores Juegos de la historia. Sevilla no se quedó atrás y acogió la Expo 92, una gigantesca Exposición Universal que durante seis meses mostró a los visitantes pabellones de casi todos los países del mundo. La ciudad también redefinió su perfil con sus nuevos y ambiciosos edificios y con el fabuloso puente de Alamillo diseñado por el arquitecto Santiago Calatrava. En Madrid, la segunda Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado tenía lugar apenas dos días antes de la inauguración de los Juegos. Los Mercedes Benz blindados atravesaban la ciudad y las sirenas de las motos escoltas no paraban de sonar. Se cumplían quinientos años del descubrimiento de América y las llamadas celebraciones del V Centenario fueron un derroche de exposiciones, encuentros, congresos, obras de infraestructura (como el puente del V Centenario); se restauraron conventos, capillas y castillos, entre decenas de edificaciones patrimoniales. En Madrid se creó la Casa de América, en un impresionante palacete en pleno Paseo de la Castellana. Desde Palos de la Frontera, réplicas de La Niña, La Pinta y La Santa María salieron a surcar los mares y repitieron el primer viaje de Colón.

Vaya año. Y si bien casi todo tenía que ver de una u otra manera con América Latina, América Latina no era más que una excusa. No existía apenas en el imaginario de los españoles (con excepción de Cuba) que, obnubilados como estaban con Europa y consigo mismos, desdeñaban ese sur continente como simple fábrica de mano de obra barata sin problemas de idioma.

Veinte años hace de aquel verano de euforia. El pasado 21 de octubre, en la reciente celebración del XX aniversario de la fundación de la Casa de América en Madrid (a la que asistió el Rey y toda la plana mayor del gobierno local) el ministro de Exteriores José Manuel García-Margallo, dijo: “Hace veinte años la relación era asimétrica a favor de Europa, ahora es al contrario, ya que las democracias se estabilizan en Latinoamérica, sus economías avanzan más de prisa que las europeas y dan pasos hacia procesos de integración embrionarios. Si la Unión Europea, y España como país miembro, no hacen un esfuerzo por acrecentar su presencia en América Latina, un continente que empieza ya a mirar hacia el Pacífico, se perderá una oportunidad histórica”.

Quién lo hubiera dicho. Algo tan pequeño como que el volumen de correos enviados desde casas editoriales españolas a esta revista se ha quintuplicado en un año, pone en evidencia que España, por fin, recuerda que América Latina existe. Que la necesita. Recuerda que aquí se venden libros, y que se podrían vender muchos más si se piensan en estrategias (conjuntas) para bajar precios. En la pasada Feria del Libro de Guadalajara, en una conversación entre los tres más prestigiosos editores de España, Claudio López Lamadrid (Random House) decía: “América Latina parece ser ahora la salvación a la crisis del sector”. Jorge Herralde (Anagrama) apuntillaba: “Antes, América Latina era un mercado incierto. Con monedas inestables y crisis. Ahora, parece Suiza”. Las ventas de libros en el Cono Sur batieron récords históricos.

¿Cómo capitalizar este buen momento? Se están haciendo bien las cosas con los estupendos mercados como el Bogotá Audiovisual Market y el Bogotá Music Market, y con la nueva Ley de cine, pero falta mucho más. Falta crear públicos locales, y falta inyectarle dinero a lo que ya existe para dar continuidad, estabilidad, solidez a lo que hay (el Festival de Teatro de Bogotá, por ejemplo) en vez de meterle todo a la fugaz –y protagónica y egocéntrica– novedad. En España, en las épocas de bonanza, se olvidaron de América Latina pero lograron consolidar un sector cultural propio formidable: cine, libros, música, arte. Los sectores de la banca, hidrocarburos y telefonía se volcaron hacia temas culturales y los réditos fueron magníficos. La sociedad española respondió y llenó los museos y las salas de cine y las galerías, se multiplicaron las librerías y las obras de teatro. Madrid y Barcelona se convirtieron en escala obligada en los tours europeos de los grandes músicos y las grandes orquestas. Aquí, en Colombia, está todo ahí, en embrión. Tanto el sector cultural como la empresa privada tienen que estar a la altura de los momentos históricos (o quizás, para que suene menos rimbombante, la expresión debería ser más pedestre: “tienen que estar a la altura de sus ciclos económicos”). Es el momento de fortalecer la industria cultural. Con ambición cosmopolita, sin complejos. No hay que olvidar la sentencia: ahora, para los españoles, parecemos Suiza.