Portada Arcadia No. 81

Clic

2012/06/22

Por Revista Arcadia.

Imaginemos un ejercicio absurdo, de ciencia ficción: resulta que los nuevos teléfonos móviles traen un sensor de miradas. Y van contabilizando los ojos que se posan sobre el cuerpo de su dueño, mientras este camina por la ciudad. O va a una fiesta. O al cine. O mientras está en la oficina. Y mide además la intensidad del deseo de cada mirada. De uno a diez.

Al final del día, el dueño del teléfono, con solo presionar una tecla, sabrá cuántas veces lo han mirado, y sabrá también la dosis exacta de lujuria o indiferencia de cada observador. Notará, al cabo del tiempo, que cuando se pone un suéter rojo lo miran más. Que hay una cierta manera altiva de caminar que atrae más miradas que la otra, la zigzagueante, en la que cae cuando va por ahí pensando en musarañas. Notará, al cabo del tiempo, que aquel perfume denso y nocturno funciona mejor que el otro, el del fresco olor a verbena que combinaba tan bien con las escasas mañanas soleadas, y utilizará de ahí en adelante solo el de aroma oscuro. Y comprará cinco sacos escarlata. Y se entrenará en el arte de caminar derecho.

Y cada noche llegará ansioso a casa a mirar la cifra en la pantalla de su celular, de la que cada vez depende más ya no solo la satisfacción de su vanidad sino su amor propio. Doscientas treinta y siete miradas tras una tarde de paseo, y un 7.8 como promedio de lascivia. Todos los sacos de colores irán a dar al bote de la basura, y comenzará a refinar su percepción. A analizar. A calcular. A precisar. A obsesionarse con la cifra que cada noche lo define y lo moldea cada vez más.

Claro que antes también sentía las miradas. Sabía vagamente si estaba guapo, bien vestido, gracioso; pero al carecer del sensor de miradas del celular, desconocía la cifra exacta, escrupulosa, que como un espejo despiadado lo juzga ahora de manera tan inclemente, tan estricta y tan puntual. No se sentía obligado a ponerse el suéter rojo diariamente, ni a bañarse en sándalo cada mañana ni a caminar a todas horas como una estreñida avestruz.

Eso es exactamente lo que ha hecho Internet con el periodismo escrito. Un reino donde la dictadura de las cifras ha llegado a extremos despóticos. Un reino en el cual nada se puede camuflar, en el que nada será perdonado. El tirano se llama clic. Y es un tirano terrible porque seduce en vez de matar. O mata sin que uno se dé cuenta, camuflando la muerte de seducción. Simplemente, se deja de hacer periodismo. Se fabrican contenidos, que es distinto. Pero se deja de caminar como se quiere, y se comienza a caminar como quieren los demás. No hay conciliación posible. No hay intermedio. No hay negociación. Solo podemos ponernos sacos rojos. Solo podemos oler a sándalo. Solo podemos caminar con altivez.

Porque en Internet, el viejo morbo que antes no era más que un vago conocido con el que coqueteábamos de vez en cuando, se vuelve amigo íntimo, familiar. Se convierte, más bien, en gobernador. Pero el clic representa el vistazo en diagonal. Por eso, a pesar de que el espacio es en teoría infinito, los textos son en la pantalla más breves que en papel. El clic es un disparo, y se parecerá al clic del videojuego cada vez más.

La tiranía de los clics en los medios de información en Internet ha logrado que la frivolidad que era propia de la televisión, de la radio y de las revistas de papel cuché llegue al periodismo escrito, el último bastión de la información seria, del análisis, del periodismo de verdad.

Cada vez con mayor frecuencia veremos en las páginas de apertura de los portales de los medios llamados serios noticias antes impensables en un medio de información tradicional. El melodrama y las noticias sobre sexo competirán de manera cada vez más desvergonzada y frontal con la información política. La precisión con la que se miden los usuarios, las visitas, la implacable cifra de los clics, forzará la carrera hacia un periodismo cada vez más refinadamente tonto, más uniforme y adherido a fórmulas, más necesitado de de escandalosos titulares y de banalidad. Todos nos pondremos sacos rojos e iremos por ahí tan uniformados como los pobres chinos de la revolución cultural.

Siempre es mejor imaginar que nos miran a saber exactamente quiénes y cuántos nos miran; darnos cuenta solo a medias; caminar como nos gusta y no como les gusta a los demás. De lo contrario, acabaremos todos mirando lo más visto, escuchando lo más escuchado, comentando lo más comentado, aunque en el fondo no nos interese. Del caso Colmenares a los abortos chinos, contraeremos virus tontos al vaivén de invisibles mayorías con las que compartimos, por supuesto, el instinto básico del morbo, pero poco más.

A veces es bueno recordar que la humanidad avanza precisamente porque decidimos botar el saco rojo a la basura en vez de botar todos los demás. Los clics son una manifestación de la desaforada urgencia capitalista, y sus cifras acabarán generando el mismo estrés para los dueños de los medios que generan las grandes pantallas con el sube y baja de la bolsa de Wall Street.

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