Portada 124 y Movilizacion por la paz Orquesta Filarmonica de Bogota Bogota, Colombia Jueves 9 de abril de 2015. Foto: Carlos Bernate / SEMANA

Los retos de la cultura en Bogotá

La secretería de Cultura de Bogotá debe derrocar la idea de que la cultura es un fortín político y seguir comprometida con los habitantes de una ciudad que necesitan con urgencia seguir creyendo que Bogotá puede ser diversa e incluyente.

2016/01/27

Por Revista Arcadia

Dice Nicolás Morales en la última página de esta edición que no hay un análisis serio de lo acontecido con la cultura en Bogotá en la pasada administración de Gustavo Petro. Suele ocurrir en Colombia que dichos análisis se van postergando hasta no contar con una memoria que sustente cuáles han sido los aciertos y los yerros, basados en indicadores que existen, pero que poco se consultan o divulgan más allá de lo institucional.

Al finalizar el año, Arcadia recibió de la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte un informe sobre su gestión. El libro se llama El derecho a la poesía y corresponde a las memorias del cuatrienio de la Secretaría en cabeza de Clarisa Ruiz. Lo primero que habría que decir es que el sector cultural en Bogotá experimentó cambios muy positivos en la gestión que terminó el pasado 31 de diciembre. Aunque los matices son muchos, al revisar los planes y contrastarlos con los resultados, se podría afirmar que durante estos cuatro años hubo decenas de iniciativas celebrables en Bogotá. La primera de ellas fue la apertura de 20 Centros Locales de Artes para la Niñez y la Juventud (Clan) en la totalidad de las localidades de la ciudad que, según las cifras presentadas, atendieron en 2015 a 120.000 niños, ofreciendo opciones distintas después de la jornada escolar. En los Clanes, como se les llamó popularmente, hubo espacios para la música, la literatura, la danza y el arte. Los Clanes son una de las “obras” que debe conservar y defender la nueva administración, pues fueron capaces –aunque muchos no los conozcan– de descentralizar la cultura en la ciudad.

Así mismo, la inversión en cultura, según el informe, aumentó en las cinco localidades más pobres de la ciudad. En Usme, Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Bosa y Rafael Uribe Uribe se invirtieron 126.965 millones de pesos, una cifra récord que no había existido en ninguna administración previa durante el siglo xxi.

Enumerar cada uno de los sectores implicados en el tema cultural en Bogotá sería materia de un reportaje extenso, pero quizás habría que señalarle a la nueva administración, en manos de María Claudia López, exviceministra de Cultura, que es necesario propender por ciertas continuidades pues la cultura, bien lo sabe ella que ha sido fruto de la meritocracia por su trabajo durante más de una década en el Ministerio, no puede ni debe depender de caprichos ni de arrebatos. Por ello, más allá de las discusiones que se han presentado en las últimas dos semanas sobre el grafiti –que habría que comenzar a sopesar con cuidado para no caer en la dicotomía obvia sobre lo que es o no es arte– o la destitución del director de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, David García, es necesario defender lo conseguido en un país lleno de precariedades y egoísmos. Muestra de ello son las gestiones realizadas por las gerencias de Idartes que desde la literatura, el cine, la danza, las artes plásticas y las artes vivas demostraron que es posible creer en la idea de una ciudad que incluya a través de la cultura. Programas notables como Libro al Viento, los festivales al Parque, los programas de estímulos, los espacios concertados, el programa de orquestas y coros juveniles e infantiles, o la Cinemateca Distrital deben ser valorados y perfeccionados.

Como en todo, hay grandes lunares, como el de las artes plásticas, que no logró consolidar el proyecto de la nueva Galería Santafé –que, dicen, está prácticamente listo pero que dejó un bache en estos cuatro años–, o el de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (Fuga), que sigue siendo una especie de isla en la estructura de la Secretaría e Idartes. Además, claro, de un cierto radicalismo que se hizo extensivo a algunos funcionarios que pretendieron defender solo una idea de cultura, con un discurso algo chovinista y anacrónico.

Quizá el mayor reto de la nueva gestión de la Secretaría de Cultura de Bogotá sea trascender la polarización entre un antes y un ahora; derrocar la idea de que la cultura es un fortín político y seguir comprometida con los habitantes de una ciudad que necesitan con urgencia seguir creyendo que Bogotá puede ser diversa e incluyente.

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