Un fotograma de la película.

Una película colombiana

Un coro de voces jóvenes conforman la tristísima, conmovedora y a la vez muy poética película 'Los nadie', del cineasta antioqueño Juan Sebastián Mesa. La generación que retrata tendrá en sus manos la posibilidad de construir un país con valores distintos al dinero fácil, al machismo rampante, a la violencia y la exclusión social: ¿quiénes son los que van a hacer la paz?

2016/09/29

Por Revista Arcadia

Cuatro personajes son los nadie. Cuatro muchachos que caminan por una Medellín en blanco y negro en la que viven entre malabares, punk, baretos, chorros de cerveza y una relación tensa con su entraña familiar. Primero está el Pipa, un guitarrista y tatuador que aprendió a ganarse la vida en el rebusque de los semáforos haciendo piruetas con pines de bolos y en las tardes ensaya con su banda riffs de guitarra y gritos furiosos. Luego está la Monita, una adolescente de clase media baja que vive casi de arrimada con su tía, una cristiana furibunda, y con su prima, una niña de buenas costumbres, porque su mamá se ha ido —suponemos— al otro lado del charco a buscar mejores oportunidades, o peores, según se le mire. La Monita es parcera del Pipas y viven un amorío extraño. Son buenos amigos, y con eso basta, quieren creer los dos. El Pipa planea irse al sur del continente a repetir el sueño que ya cumplió: andar las carreteras de América del Sur, pues después de atravesar Colombia, todo es mejor y más barato, según se le oye decir. La Rata, otro muchacho de las comunas con un padre ausente y una madre sacrificada que trabaja de noche y de día, anda en un monociclo en las mismas del Pipa y la Monita, volteando en los semáforos, y también quiere cumplir el mismo destino: escapar de una vez por todas de esa realidad chata de tiros en las noches; aguardientes que cuestan vidas y gritos furibundos acompañados de navajazos para celebrar el triunfo del equipo de fútbol de turno. Y, finalmente, está Manuela, hija de un típico macho nacional —celoso, incomprensivo, medroso— que quiere una hija que se comporte a la altura de su clase; que odia verla con el pelo pintado y un piercing colgándole de la nariz, que no quiere que fume marihuana —así la fume él mismo— y que se comporte como una señorita y no vagando en los semáforos haciendo piruetas de circo. Este coro de voces conforman la tristísima, conmovedora y a la vez muy poética película Los nadie, del cineasta antioqueño Juan Sebastián Mesa.

La película, que recién el pasado 9 de septiembre ganó el premio de la audiencia de la versión 65 del Festival Internacional de Cine de Venecia, es una prueba más de cómo el cine colombiano ha ido despojándose de los clichés, la pornomiseria y la necesidad de caricaturizar lo popular para contar sus historias. La cinta de Mesa abre interrogantes e invita a la curiosidad en un momento en el que todos deberíamos preguntarnos quiénes vienen detrás, quiénes son, en verdad, la generación que tendrá en sus manos la posibilidad de construir un país con valores distintos al dinero fácil, al machismo rampante, a la violencia y la exclusión social. ¿Quiénes van a hacer la paz?

Esa verdadera generación de la paz sufre desencantos muy parecidos a quienes nacimos en un país en guerra que piensa por primera vez en serio eso de existir juntos sin matarnos. Más allá de ser una ficción, Los nadie abre los ojos y pone la mirada en los jóvenes, esos grandes ausentes a la hora de hacer balances y de pensar en el futuro. Los cuatro muchachos que deambulan por las calles de Medellín, en medio de un montaje de ritmos cansados, lentos, a veces repetitivos, con tomas en blanco y negro de esas laderas similares a un tamiz de luceros blancos, parecen conocer y asumir con cansancio este país que les tocó en suerte. Saben que los adultos no los entienden, son primarios hasta la saciedad, pero tienen campo para otro tipo de esperanzas y de sueños. No solo los de irse, los de dejar este territorio infértil, sino los de no apelar al crimen y la vida delincuencial para sobrevivir. Sus rayones en la piel son signos del tiempo en que viven y no tienen ganas de suicidarse, ni de ser entendidos: han emprendido su propia vida caminando juntos, confiando en que su juego es por la vida y no por la muerte. Por eso son amigos sin distingos de sexo, son comunidad de gustos y lenguajes y aborrecen la cultura de la metralla que es costumbre desde que nacieron.

Los nadie no es un canto inocente a la esperanza. En sus diálogos, tan metonímicos, plagados de un argot que abre otros significantes para una lengua que los colombianos debemos reaprender, uno entrevé que esos muchachos aún deben conquistar un lenguaje, el suyo, sin duda, pero que confían en la pureza de sus acciones, en comprender que los días, uno más uno, son la vida. Todos, tanto los protagonistas como los secundarios, parecen vivir cansados de la rutina de un país lleno de noticias macabras, de barrios con zonas vedadas en los que hay toque de queda; hartos de los grupos de limpieza social contratados por los barones de la maldad dispuestos a borrar la diferencia con un balazo. Los nadie terminan por naufragar en el tedio y huir hacia paraísos inexistentes. Quizá comprenderán que el viaje siempre es hacia uno mismo y que se llevan encima. Pero nosotros los adultos, gracias a ellos, en esta magnífica película, tal vez comencemos a ponerles nombre a las cosas que no conocemos. Para empezar, a su sensibilidad.

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Este 2 de octubre, Arcadia dice SÍ a un país posible y distinto donde las artes y la cultura jueguen un papel activo en la construcción de una sociedad que se reconcilie consigo misma.

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