Foto derecha: Daniel Reina Romero.

La tecnología de las ideas

La edición 122 de Arcadia está dedicada a la cultura digital. Un análisis sobre como la academia, y Colciencias en particular, se resiste a aceptar que las nuevas tecnologías llegaron para quedarse y es necesario cambiar los discursos.

2015/11/20

Por Revista Arcadia

Hace cuatro años, The New School de Nueva York celebró el congreso Mobility Shifts, dedicado a explorar el futuro de la educación. Artistas, humanistas, bibliotecarios y profesores debatieron estrategias y proyectos en torno a la transmisión del conocimiento más allá de las fronteras del colegio y de la academia en el contexto de una sociedad cada vez más conectada.

Lea el editorial 121 sobre el papel de las humanidades en la sociedad según Colciencias.

Una inquietud compartida por varios panelistas era el lugar de la investigación académica en la sociedad actual. ¿Cómo ampliar el diálogo que ocurría dentro de las universidades para incluir a otros posibles participantes? Matthew Gold, de City University of New York (CUNY), presentó una plataforma orientada a generar comunidades entre profesores llamada cuny Commons. La plataforma (que aún sigue muy activa) congrega grupos de trabajo, blogs, webs y contenidos semiacadémicos, con el propósito de fortalecer la comunidad profesoral y de interpelar a una audiencia más amplia, una audiencia que, en últimas, paga los impuestos que financian la academia.

Este fue el editorial de la primera edición de Mutantes Digitales.

En otro panel, John Willingsky, director del proyecto Open Knowledge de la Universidad de Stanford, presentó la historia del derecho anglosajón para defender, basado en sentencias históricas y filosofía del derecho, disposiciones especiales sobre la propiedad intelectual. Todo esto para plantear la necesidad del acceso abierto como una estrategia de estimulación de la innovación por medio del acceso al conocimiento.

Y, finalmente, John Palfrey, de la Universidad de Harvard, presentó las bases tecnológicas, políticas y conceptuales de la Biblioteca Pública Digital de los Estados Unidos (DPLA), un proyecto de sistematización, organización y puesta al servicio de contenidos producidos por archivos, bibliotecas y museos que estaban dispersos en la estratosfera digital norteamericana. Este monumental esfuerzo lo lideró Harvard y nació, entre otras cosas, con el propósito de intervenir en la dirección privada y comercial que está tomando internet, guiado cada vez más por las fuerzas del mercado.

¿Y para qué toda esta historia?

Porque en ese momento todos estaban hablando de humanidades digitales, pero nadie lo sabía. O no le habían puesto ese nombre. Porque justamente los planteamientos de Gold, Willingsky y Palfrey con respecto a la divulgación, la interconexión, el trabajo colaborativo y global, la sistematización y acceso de información son las preocupaciones fundamentales de las humanidades digitales. Este término, que resuena ampliamente en universidades de Norteamérica, con timidez en los corredores de la UNAM en México y prematuramente en la labor de algunos profesores colombianos, aporta una perspectiva vital y arriesgada sobre la práctica académica que quizá Colciencias y las universidades colombianas deberían considerar.

Jaime Borja, reconocido especialista en historia colonial, empezó a experimentar con nuevas narrativas en 2010 cuando curó, junto al artista José Alejandro Restrepo, la exposición Habéas corpus: que tengas [un] cuerpo {para exponer}, en el Banco de la República. Aunque fue realizada con todo el rigor académico, aunque asistieron miles de personas, aunque fue una de las exposiciones más provocativas de los últimos años, esta no encajaba en las calificaciones estandarizadas de Colciencias. Pero, para Borja, las narrativas tradicionales de las humanidades están hechas por especialistas para especialistas. “Me aburrí de los papers –confiesa Borja–, y Colciencias ya me importa muy poco”.

Con la ampliación de los circuitos de información, la sistematización de datos complejos, la práctica cultural y los métodos para estudiarla están cambiando. Ahora mismo, Borja está construyendo una base de datos de arte colonial latinoamericano, sigue trabajando con museos, se está vinculando a un proyecto de humanidades digitales con un centro de investigaciones de Canadá y está dictando un seminario sobre Historia y videojuego. En la estimación de Borja, la academia es conservadora, y son conservadoras las maneras como se plantean el discurso y la práctica académica, y pasará mucho tiempo antes de que la academia entienda que la fractura de las narrativas académicas tradicionales no es solo una moda. Y pasará quizá más tiempo antes de que las empresas y el sector público entiendan que en las artes, en las humanidades y en las ciencias sociales se fabrican, se estudian y se interpretan las ideas que definen la forma como vivimos. Y que internet es un canal con infinito potencial para transmitir estas ideas a una audiencia amplia.

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