Fanny Mikey, 'Perfume de arrabal y tango', 2006 (Foto: Guillermo Torres)

La “cultura” nacional

La reciente pelea entre Daniel Álvarez, el hijo de Fanny Mikey, y William Cruz, el presidente de la junta de la Fundación Teatro Nacional, demuestra una vez más esa tendencia tan dañina que tenemos de tratar a la cultura como un juego de pocos y no como el patrimonio de toda una sociedad.

2016/05/12

La sucesión del Festival Iberoamericano de Teatro ha sido uno de los temas más sensibles del ámbito cultural colombiano desde el fallecimiento de Fanny Mikey, en 2008. Mikey no dejó claro un escenario hacia el futuro y tras su muerte dejó un vacío que dio para que varios de sus más allegados tuvieran diferencias irreconciliables. Ante la idea de nombrar a su compañera y consejera durante dos décadas, Anamarta de Pizarro, fueron muchas las discusiones que se dieron en su momento y tanto el Teatro Nacional como el Festival terminaron dividiéndose. 

Daniel Álvarez Mikey, hijo de Fanny y representante legal de la Fundación Teatro Nacional hasta hace unos días, envió una carta pública el 10 de mayo al conocer la decisión de la Junta Directiva de pedir un préstamo al Banco de Bogotá, poniendo en riesgo, según él, el patrimonio del teatro. William Cruz, el presidente de la junta, aseguró que no era así y que se trataba de algunas averiguaciones financieras, pero no de un préstamo. Rápidamente la noticia fue recogida por varios medios y lo que parecía prometer un debate sobre el manejo de un patrimonio cultural que, privado o no, les pertenece a todos los colombianos, se quedó en un reclamo en donde una de las partes intentó explicar que se trataba de un malentendido y la otra se aferró a abogar por el legado de su familia.

Este hecho pone de relieve un asunto que se ha soslayado desde hace décadas en Colombia: el del manejo a título personal de la cultura en el país. Personal en el sentido de que la cultura carece, en gran medida, de una actitud abierta, no excluyente, y se sigue manejando caprichosamente para premiar o castigar a unos y otros. Personal en la medida en que no existe en el país una conciencia de que lo cultural es el patrimonio de una sociedad y no les pertenece exclusivamente a quienes ostentan el poder: los festivales, las ferias, los conciertos y un largo etcétera no serían nada sin los espectadores que contribuyen a que sean parte viva de una sociedad.

El debate sobre el Festival no es nuevo, como decíamos antes. Desde hace un par de ediciones varios de sus patrocinadores —públicos y privados— le han pedido que se organice administrativamente pues de su buena salud financiera depende que se pueda seguir realizando. Y esto, al parecer, no se ha hecho. Lo cierto es que una vez más, la pasión se antepone a la razón y son los rumores y decisiones de juntas privadas las que se discuten en los medios. De fondo, sin embargo, quedan muchas preguntas.  

Una vez más se enfrentan bandos y en los medios que recogen la información el asunto no pasa de ser una rabieta de algún inconforme. Sin embargo, pareciera que como sociedad poco nos importa ese patrimonio que nos ha hecho trascendentes, por encima de la puerilidad de nuestra política y sus penosas discusiones públicas. La información sobre la cultura en Colombia es una especie de impulso eléctrico que de cuando en vez salta al cerebro de los medios generales, que viven encantados con el enfrentamiento de la directora de una feria contra la ministra de Cultura; o del organizador de un concierto contra otro. Lo demás poco importa. ¿Hablar en otros términos del Festival? ¿Preguntarse sobre su futuro? ¿Indagar cuál es el balance en asistencia y calidad del evento? ¿Buscar alternativas para que lo que comenzó como un evento privado se convierta a lo largo del tiempo en uno público, defendido y asumido por el Estado? Ninguna de  las anteriores. Aquí lo que importa es el escándalo: la comidilla de unos contra otros, pues la cultura es un accesorio, un pedacito intrascendente de nuestra rica realidad, plena de asuntos interesantes como la elección del fiscal; la torta de las coimas; el robo de la salud; la paz que nunca llega o todos esos temas importantes que sí nos han puesto en el corazón del mundo. Una vez más se pierde una oportunidad para una discusión seria sobre la cultura en Colombia —porque el Festival lo es, y mucho—y  todo queda en la pataleta de alguien que no fue invitado a la fiesta.   

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