No es tan poderoso el caballero

"El coleccionista ideal es el amante del arte que no tiene dinero. El que se conforma con el encuentro furtivo en el museo, con mirar con ojos entrecerrados reproducciones mediocres, el que vuelve a la galería solo para mirar el cuadro que no puede comprar".

2013/09/11

Por Revista Arcadia

Uno entra a una casa y ve muchos libros y piensa de inmediato: “¡Qué gran lector!”. Uno entra a una casa y ve muchas obras de arte y piensa de inmediato: “¡Qué millonario!”.

Y es que para los lectores de libros, aquellos que se han pasado buena parte de la vida entrando a librerías a la caza de una historia que le hable al oído, el mundo del arte es una cosa muy rara. Lo es también para los amantes de la música, esos melómanos que enmudecen reverentes ante un cuarteto de Mozart o de Schubert y que atesoran grabaciones históricas. Y también para los cinéfilos empedernidos, los expertos en trivia sobre actores, fechas, directores y guionistas, que saben el día exacto en que se suicidó Marilyn Monroe o murió Gloria Swanson, y que aguantan estoicos el olor a mostaza de las salas de cine. Sí, para todos ellos el mundo del arte es una cosa muy rara. Pero incluso para los amantes de la pintura, de la forma convertida en poderosa armonía, los que recorren los museos del mundo maravillados ante el genio de Velásquez o la oscuridad de Goya, el mundo del arte es también una cosa muy rara.

Por supuesto, esa rareza tiene que ver con el objeto mismo de consumo. Para quien quiera comprar un libro, una película o un CD, si es un trabajador de clase media asalariado, es posible atesorar, coleccionar, ejemplares de ese objeto deseado. Quizás le cueste un esfuerzo monetario, pero puede. En cambio, si lo que se quiere es comprar una obra de arte, no. Y si ese amante vive en este país y quiere ver los frescos de la Capilla Sixtina, tampoco. El lector en cambio sí puede leer a Chejov, el melómano oír a Bach y el cinéfilo ver Sunset Boulevard. Esa diferencia tiene un nombre muy sencillo: el dinero.

Como ni los libros, ni el cine ni la música pierden su poder único cuando son reproducidos, es casi imposible dudar de la pasión de sus coleccionistas. En cambio, como la distancia entre una obra de arte y su reproducción es enorme, la obra es comprada no necesariamente por el que la ama, sino por el que la puede comprar, que es muy distinto. Nada garantiza la pasión por el objeto en el caso del coleccionista de arte. Más a sabiendas de que el arte es simplemente una forma de mover y de guardar dinero. Como los relojes. No sobra recordar que muchos artistas, desde Duchamp, han reflexionado al respecto. Pero no han logrado cambiar ni un ápice el espíritu del coleccionista de arte, ni las leyes de ese mercado.

Podría preguntarse, entonces, cuál de todos sería el amante más devoto. Cuál es el coleccionista ideal. ¿El que encuentra una manera ingeniosa y estéticamente atractiva de coleccionar dinero? ¿O aquel que colecciona libros por pura pasión lectora?

Proponemos una respuesta: ninguno de los dos. El coleccionista ideal es el amante del arte que no tiene dinero. El que, negada la posibilidad de hacer suyo lo amado, se conforma con el encuentro furtivo en el museo, con mirar con ojos entrecerrados reproducciones mediocres, el que vuelve a la galería solo para mirar el cuadro que no puede comprar. El coleccionsita ideal no tiene nada: colecciona imágenes en la memoria.

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La visita de Sayco

El pasado editorial de esta revista se preguntaba por qué Sayco insistía en cobrar derechos de autor a las emisoras universitarias, que por no tener fines comerciales están eximidas por ley del pago de esos derechos. El gerente de Sayco, Nino Caycedo, visitó las instalaciones de Arcadia para ofrecer su respuesta. Arguyó que la ley solo exime a las emisoras cuyos oyentes sean exclusivamente estudiantes, y que cualquiera puede oír las emisoras universitarias. Por lo tanto, dice, deben pagar. Aseguró que no hay diferencias de tarifas, pues existe una tabla según la potencia de la emisora. Pero al solicitarles la relación de esos cobros, encontramos que ellos mismos escriben en las casillas de cobro: “Tarifa concertada con el usuario” con descuentos que van, según se lee en las mismas casillas, desde el 10 hasta el 70 por ciento.

Con respecto a la segunda demanda por impago a la Universidad de Antioquia, Caycedo contó que sostuvo una reunión en Bogotá con su rector, Alberto Uribe Correa, y acordaron trocar la deuda (setenta y cuatro millones) por pauta publicitaria de Sayco, para educar al público, explicó Caycedo. Agregó que con ese acuerdo quedaba probado que el rector aceptaba que las emisoras universitarias debían pagar. Esta revista contactó al rector de la Universidad de Antioquia. Su versión de esa entrevista fue muy diferente. Nos contó que Caycedo aceptó que la Universidad misma no tenía fines de lucro (como es obvio, por ser una universidad pública), afirmó que la apreciaba por haber educado gratuitamente a muchos jóvenes chocoanos, y le propuso cambiar la deuda por pauta para desistir del pleito. El rector, que como es natural deseaba el desistimiento del juicio, aceptó y pensó que el asunto estaba zanjado. Cuál no sería su sorpresa al llegar de vuelta a Medellín y encontrar, pocos días después, un contrato de una abogada de Sayco explicándole que ese acuerdo era válido solo por la deuda pasada, y que a partir del año que viene tienen que pagar.

Ante la pregunta de Arcadia al gerente de Sayco sobre por qué no acataron el primer fallo de la justicia a favor de la universidad, respondió: “Eso pregúnteselo al juez que aceptó la demanda”. Ante la insistencia de Arcadia de por qué volver a demandar, respondió: “A mí desde niño me enseñaron que si se pierde en una instancia, hay que buscar otra”. Creemos que es hora de oír un pronunciamiento serio al respecto por parte de Giancarlo Marceraro Jiménez, director de la Dirección Nacional de Derechos de Autor.

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