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¿Y el destino de los actores?

En 2014, un grupo de quince actores comenzó a pensar en la idea de agremiarse para exigir condiciones laborales dignas, en medio de un contexto que, como el colombiano, no ha pensado en serio el tema de la seguridad social y la supervivencia de sus trabajadores culturales. Casi dos años después, la Asociación Colombiana de Actores, radica ante el Congreso de la República un proyecto de ley que reivindica sus derechos. La editorial de la edición 118 cuenta cómo inició este proceso.

2015/07/18

A mediados de 2014, un grupo de quince actores comenzó a pensar en la idea de agremiarse para exigir condiciones laborales dignas, en medio de un contexto que, como el colombiano, no ha pensado en serio el tema de la seguridad social y la supervivencia de sus trabajadores culturales. El motivo de la primera reunión fue la emisión de una telenovela brasilera en horario triple A, lo cual era violatorio de la cuota de pantalla que, según la ley, exige que, entre semana, el 70 % de las producciones que se emitan deben ser nacionales, y el restante 30 %, internacionales.

Ese fue el detonante que creó una estimulante experiencia, que desde el 26 de mayo de 2014 existe de manera legal como el sindicato de actores y actrices, y que está apelando a instancias legales para abogar no solo por sus derechos laborales, sino por unas políticas públicas que piensen y debatan cuál es el papel de los artistas en nuestra sociedad. La Asociación de Actores Colombianos, ACA, reunió, en tan solo tres meses, 699 actores y actrices que se afiliaron y estuvieron dispuestos a ponerle la cara al problema. Hoy, un año después, son 1.272.

El trabajo de ACA incluyó una investigación sobre experiencias similares en otros lugares del mundo –hace dos semanas se realizó un foro sobre el tema en el Museo Nacional, con la presencia de agremiados de Argentina y Brasil–, y una asesoría legal para constituirse ante la ley como un organismo legítimo de negociación. Sin improvisaciones, su trabajo, bien hecho, ha tenido repercusión pública y ha sido celebrado en un país en donde los temas culturales suelen ser vistos por encima del hombro.

La consigna de ACA es dignificar la profesión de actor, lo cual podría ser extensible a todos los campos de las artes en el país. Dignificarla en sentidos concretos, como la profesionalización –muchos actores que acreditan experiencia no pueden acceder al ámbito de la enseñanza universitaria, pues no cuentan con títulos–; la titulación, y la reivindicación de unas condiciones que se violaban con candidez, como la jornada y las condiciones de trabajo. Tras su creación, entraron en una conversación amable con los canales privados y algunas productoras, para fijar unas nuevas reglas de juego. Y por ahora, aunque en casos muy concretos, han comenzado a lograrlo. Basta citar el caso de una productora que en la pasada Semana Santa citó a los actores en los días festivos, y que, ante la protesta de su elenco, terminó reconociendo que estaba violando la ley.

Hasta hoy, esta feliz iniciativa ha contado con buena suerte. Sin embargo, a finales de 2014, el sindicato conoció dos artículos incluidos en el Plan Nacional de Desarrollo, con los cuales se intentaba seguir torciendo ya no las condiciones laborales, sino la manera en que se reparten las cuotas de emisión los fines de semana en la televisión de nuestro país, el principal empleador de los actores colombianos. Pretendía el artículo 41 tumbar la cuota del 50 % de producciones nacionales y el 50 % para internacionales, como funciona hasta ahora, para darle vía libre a que los canales se convirtieran en compradores de productos baratos afuera, para emitirlos a sus anchas los fines de semana. Todo esto, por supuesto, como una manera de cumplir acuerdos de los Tratados de Libre Comercio que tiene vigentes el País.

Desde el 29 de abril, ACA se movilizó e hizo lobby en el Congreso para tumbar ese artículo, y el número 42 que proponía, palabras más, palabras menos, privatizar el Canal Uno. Aunque los dos artículos se cayeron gracias a una acción que duró cinco días, y que incluyó manifestaciones y un activo diálogo con congresistas, los artículos, dicen muchos, siguen haciendo carrera.

A la historia de ACA comienzan a salirle pares: ya existen grupos de guionistas y directores en trance de organizarse. Y cuando la gente se organiza, comienza a ser escuchada. Quizá se pueda pensar en que aún es posible que el Estado trabaje en serio en políticas públicas que protejan a sus artistas. Si se miran otras sociedades, en las que existen leyes que protegen, y comprenden que la creación tiene tiempos muertos, que la vida de alguien que crea no puede estar sometida a la burocracia, tal vez haya una esperanza.

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