Panorama de San Andrés Isla, Colombia / WikiCommons

El extranjero

El miedo a ser examinado por otros nos paraliza. Ese quizá sea uno de los principales obstáculos que tendrá el posconflicto en Colombia.

2016/06/28

Diez años atrás, el Banco de la República anunció la construcción de un nuevo edificio para albergar el centro cultural en la isla de San Andrés. Hace menos de un mes, por fin se anunció su apertura. A comienzos de junio se nombró como director al antropólogo guajiro Weildler Guerra Curvelo, Premio Nacional de Cultura 2001 por su investigación La disputa y la palabra: la ley en la sociedad wayuu. El nombramiento obedeció a un traslado dentro de la estructura del banco, que lo tuvo como gerente de la sede de Riohacha. Hasta allí todo parecía normal.

Sin embargo, el 6 de junio se publicó en el blog Quitasueño, del exgobernador de la isla Álvaro Archbold, un texto en el que se señalaba, entre otras cosas, la inconveniencia del nombramiento por razones que, a todas luces, nos hablan del país real, tan lejos de los ideales de reconciliación y paz que se promueven hoy día. Escribe el señor Archbold aseveraciones como las siguientes: “[Wieldler Guerra] aterrizará en el Aeropuerto de San Andrés y se presentará ante uno de los funcionarios de la Occre como el agente del Banco de la República en el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina que administrará, dirigirá y coordinará el nuevo proyecto cultural del Banco, en un territorio que él no conoce, del que no forma parte, cuya cultura le es ajena, y que lo único que nos podría aproximar es la historia de dos pueblos que fueron víctimas de una despiadada colonización. Pero aun así (…) no tiene las llaves de nuestra cultura, porque le es extraña. Llega a un territorio étnico que culturalmente no le pertenece, desplazando del espacio que nos corresponde como pueblo y como cultura a alguien –no sé quién– que nació en los patios ancestrales de mi San Andrés y Providencia querida y entrañable”.

Al analizar con detenimiento los argumentos del señor Archbold, que según un informe del portal La Silla Vacía “es quien más influencia tiene entre los sectores políticos de la isla, gracias al legado de su padre, el fallecido exrepresentante Álvaro Archbold Manuel”, saltan preguntas evidentes, entre ellas, por supuesto, por qué usamos la cultura para lo que nos conviene y la desdeñamos casi siempre por considerarla un pasatiempo sin importancia. Pero además, como ocurre con casi todo lo público en Colombia, por qué nos empeñamos en seguir viendo las instituciones como fortines de cuotas burocráticas y no como posibilidades para servir a los demás. La réplica de Archbold es oportunista y hace un llamado a la división, tratando de aparecer como un defensor de lo raizal, de lo nativo. Al respecto, Guerra escribió una columna en el diario El Espectador, recordando al intelectual haitiano Michel Trouillot. En ella, intenta abrir el debate defendiendo la idea del carácter heterogéneo del Caribe. “Este pensador haitiano considera que conceptos guardianes como ‘nativo’ constituyen rasgos mitificados por la teoría antropológica para atar el objeto de estudio. Ese término constituye una simplificación teórica para restaurar el presente etnográfico y proteger así la supuesta eternidad de la cultura”.

Colombia ha sufrido desde hace décadas de un mal llamado provincianismo. Desde los años cuarenta, cuando se promovieron leyes para impedir la entrada de inmigrantes europeos a causa de la guerra, no ha habido una verdadera apertura en Colombia al otro, al extranjero. El profesor Hermes Tovar lo demuestra en su estudio Emigración y éxodo en la historia de Colombia. Plantea que a causa de ese miedo, las élites políticas colombianas sienten un profundo temor de perder su caudal electoral y son de las más conservadoras del continente americano. “A la ausencia de nuevas ideas y de una vocación por universalizar lo local se debe, en gran parte, el espíritu conservador de nuestras clases dirigentes”.

Las bondades del nuevo centro cultural son inocultables: es uno de los mejor dotados del país, diseñado arquitectónicamente con los elementos tradicionales isleños, con un equipo conformado por profesionales de la misma isla y que apuesta por programas pensados para la comunidad, como un archivo fotográfico que recoge la memoria desde 1930, un centro de culturas orales, una biblioteca especializada, entre muchos otros beneficios. Sin embargo, la polémica que ha suscitado este nombramiento, y que ha trascendido a las redes sociales y algunos medios de comunicación, produciendo una tensión a todas luces innecesaria, pone de relieve un hecho central: lo poco que estamos preparados los colombianos para asumir y enfrentar nuestras diferencias culturales. El miedo a ser examinado por otros nos paraliza. Ese quizá sea uno de los principales obstáculos que tendrá el posconflicto en Colombia.

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