Portada. Arcadia no. 94

El futuro

En la pasada edición del Hay Festival en Gales, entre los cientos de autores e intelectuales invitados, la figura que más expectativa generó no fue ni un escritor, ni un historiador, ni un filósofo. La estrella fue Eric Schmidt, presidente ejecutivo de Google.

2013/07/18

Por Revista Arcadia

En la pasada edición del Hay Festival en el pueblo de Hay-on-Wye, en Gales, a finales de mayo, entre los cientos de autores e intelectuales invitados a conversar frente a un público, la figura que más expectativa generó no fue ni un escritor, ni un historiador, ni un filósofo. Ni siquiera podemos decir que fuera un personaje proveniente del mundo de las humanidades. La estrella fue Eric Schmidt, el actual presidente ejecutivo de Google.

Schmidt fue al Hay para promocionar su libro The New Digital Age (La nueva era digital), que aún no ha salido al mercado en español. Escrito en compañía de Jared Cohen (el director ejecutivo de Google Ideas y ex asesor de Condoleezza Rice y Hillary Clinton), el libro intenta responder a las preguntas que tras la actual revolución tecnológica –según ellos– redefinirán nuestro futuro: ¿Quién será más poderoso en el futuro, los ciudadanos o el Estado? ¿Las nuevas tecnologías harán el terrorismo más fácil o más difícil? ¿Cuál es la relación entre privacidad y seguridad? ¿Cuánto tendremos que sacrificar para ser parte de la nueva era digital?

La entrevista del Hay Festival fue conducida por nadie menos que Marcus du Satoy. Así, una charla entre el ingeniero electrónico más poderoso del mundo y uno de los matemáticos más prestigiosos y respetados del panorama de las ciencias, fue el evento más exitoso del Hay. Ambos se especializan en un lenguaje sofisticado, completamente vedado para legos. Y sí, es su conocimiento el que está tomando las decisiones que redefinirán cómo interactuaremos los unos con los otros en el futuro. Es decir, redefinirán quiénes somos. ¿Su conocimiento? No, tal vez no. Es el uso que hacen de ese conocimiento. En últimas, su ética.

Algunos de sus comentarios en charla lo ponen en evidencia.

“Con el tiempo, ¿se convertirá Google en un Estado?”, preguntó alguien del público. Schmidt reaccionó con vehemencia: “No, porque no queremos serlo”, contestó. “Es innegable que tenemos influencia, y queremos usarla para bien. Pero no podemos obligar a ningún gobierno a hacer cosas que no quieran hacer.”

Otro espectador le preguntó cómo se sentía con respecto al futuro. “Será un buen futuro, con algunos problemas”, dijo. En un mundo cada vez más conectado, habrá problemas de legado y de reputación. “Hay situaciones que sería mejor que no existieran. Me refiero a cosas que se hacen cuando uno es adolescente. Los adolescentes viven ahora en un mundo on-line adulto”.

Google dice que guarda durante unos dieciocho meses la información de cada búsqueda que hacemos en la red. Schmidt hizo énfasis en la importancia de volver anónima esta información pasados dos años. Pero agregó que esta política de Google no se debe a razones éticas, sino a que “los europeos” así se lo han pedido.

Una de sus predicciones para el futuro es que lo que él llama “las indiscreciones de la juventud” serán, todas y sin asomo de dudas, de público conocimiento. Nuestros empleadores, nuestra familia y nuestros amigos (y cualquiera), lo sabrán todo sobre nosotros. Pero Schmidt alega que a las nuevas generaciones esto les importará mucho menos de lo que parece importarnos hoy. La gente, cree Schmidt, se acostumbrará al hecho de que todos sepamos todo sobre todos, y que esos errores de juventud no serán motivo de juicios sobre nosotros cuando lleguemos a la adultez. Nos adaptaremos a esa nueva sociedad en la que todo se sabrá, y nuestras ideas sobre la intimidad y la privacidad cambiarán.

Es casi insólito –pero muy conveniente para Google– que su presidente ejecutivo reduzca el concepto de privacidad a “secretos o pecadillos de juventud”. A cosas que no queremos que se sepan simplemente porque alguna vez fuimos irresponsables. De esa afirmación se deduce que ser un adulto responsable equivale a que cada acción, cada pensamiento, cada esfera de nuestra vida debe estar abierta al escrutinio de cualquiera. A que si alguien se reserva información sobre sus gustos, sus debilidades, sus pasiones, sus curiosidades, sus preferencias sexuales, sus ideas políticas, algo está mal y esa persona debe ser considerada sospechosa por ello. Es decir, Schmidt defiende como cosa natural la idea de una sociedad hiper vigilada. Pobre Edward Snowden. Para Schmidt y los de su clase, pasará a la historia como el tonto del paseo.

Una de las cosas que el presidente ejectuvo de Google parece obviar es el hecho evidente de que el acceso a la información sobre nuestra vida privada no será tan democrático como él finge creer. Toda persona que esté en una posición de poder más elevada que otra tendrá más acceso a información sobre esa persona. Por supuesto, no habrá equilibrio. Y por ello, para otros, Snowden es un héroe de nuestro tiempo.

Un último dato, no tan insignificante: las respuestas optimistas que el libro de Schmidt da, parece contradecirlas de manera elocuente la foto de su perfil en Twitter: En ella aparece sonriente, con un sofisticado artefacto que muy seguramente es de última tecnología: ¿unas gafas de Google? No. ¿Un computador de pulsera? Tampoco. Tiene puesto un chaleco antibalas.

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