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La esperanza y la sospecha

2015/03/02

Por RevistaArcadia

En nuestra época estamos viendo que es tan poderosa la tendencia a producir un grupo madre y la oferta de idealización a quien pretenda o parezca encarnarlo que no solo las religiones y los movimientos políticos, sino también las sociedades psicoanalíticas y las tendencias teóricas más críticas, más lúcidas y más productivas tienden a convertirse en partidos totalitarios y comienzan a secretar, con la misma naturalidad con que el hígado secreta bilis, sus ortodoxos y sus herejes”. Esta cita pertenece a Idealización en la vida personal y colectiva, del filósofo antioqueño Estanislao Zuleta, de quien se conmemoran 25 años de su muerte este febrero de 2015, además de 80 de su natalicio. Como muchas de sus reflexiones, Zuleta dejó una vasta obra que problematizó la realidad de un país desde preguntas que aún hoy siguen vigentes.

El texto, que se ocupa de reflexionar sobre la idealización en el amor, el pensamiento y la acción, es de una pertinencia asombrosa. Nos dice Zuleta cuán peligroso es idealizar los fines sin contar con los procesos. Algo que parece natural en la Colombia de hoy, tan ansiosa por obviar las tensiones para conseguir, de la noche a la mañana, una imagen idealizada de sí misma. En ese sentido, el pasado no puede seguir siendo interpretado desde “un golpe de esencia”; un momento único en el que todo estuvo cifrado, sino desde “la complejidad contradictoria de la vida”. Uno anhela, en verdad, que las polémicas y los debates intelectuales de hoy –ni hablar de los políticos– fueran menos totalizantes, más complejos; menos agresivos al descalificar al otro con argumentos elitistas que consisten en argüir que los “demás” son ignorantes y “con ellos” no se puede discutir ni argumentar.

El psicoanálisis, el marxismo, la crítica literaria, discursos con los que Zuleta ejerció la crítica cultural desde sus cátedras en la Universidad Libre o en la Nacional; desde sus múltiples conferencias –editadas en su gran mayoría por la Universidad del Valle–; desde sus ensayos –publicados en revistas como Crisis–, son considerados por algunos intelectuales criollos como discursos manidos pues poco se los conoce, cuando menos, o se los simplifica con términos de ocasión. Se ha caricaturizado de una manera grosera la idea de que el psicoanálisis, por ejemplo, es un discurso que fracasó en el tiempo. Algo parecido ocurre con el marxismo, que se ha reducido al lugar común, en asociaciones no solo provincianas sino de una profunda ignorancia. O de la crítica literaria, que para muchos sigue siendo otra de esas actividades infecundas, ejercida por parias académicos que no tienen nada mejor que hacer que leer libros como quijotes enloquecidos. Y con ello, se ha desdeñado socialmente el valor del riesgo, de la aventura, de la lectura, del arte como posibilidad de realización y no como discurso de evasión. “Hay que tomar por lo tanto en su sentido más fuerte la tesis de que es necesario leer a la luz de un problema. Como se ve, a medida que escribo estas líneas, el concepto de ‘problema’ ha venido a sustituir subrepticiamente el concepto de ‘preguntas abiertas’ como si se tratara de la misma cosa, o como si fuera algo más explícito, cuando en realidad en el lenguaje corriente es el término más vago que existe. Sin embargo, aquí, además de sustituirse comienza ya a definirse: un problema es una esperanza y una sospecha (…)”.

Más allá de hablar y pensar en Zuleta como el ser humano imperfecto que fue, y que han recogido varios medios de comunicación, valdría la pena encontrar nuevas claves en su discurso, incluirlo en el pénsum de las universidades, estudiarlo con el mismo rigor y complejidad que él les exigía a los trabajos que emprendía. Y quizás, a través de sus textos, de sus conferencias, de sus pensamientos, podamos también estar en desacuerdo, podamos encontrar cuánto hemos cambiado –o no– sin ser vergonzantes de un pasado que aún está pendiente de descifrar. “La existencia de un espacio para el debate implica la posibilidad de la duda, la cual está muy lejos de ser el ejercicio natural de una facultad ni menos aún el efecto de una decisión voluntaria. La duda no se da cuando estamos dispuestos a incorporar mágicamente el discurso del otro, ni cuando estamos inmunizados contra él porque tenemos una fe ciega puesta en otra parte. Requiere que los pensamientos puedan circular al mismo tiempo como objetos altamente valorados, prometedores y peligrosos (…)”.

 

 

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